lunes, 17 de septiembre de 2018

El mito de la independencia

Un hombre feliz no es feliz por sus propios méritos; lo es porque hay otro – u Otro – que ha decidido amarlo incondicionalmente. Un hombre no es bueno por sus propios méritos; lo es porque hay Otro que lo sostiene, que lo impulsa.

Quizá uno de los más desapercibidos males que afligen a las sociedades occidentales contemporáneas sea la veneración de la independencia. En nuestra época, los hombres que despiertan admiración entre sus congéneres no son aquéllos que se confían a Dios y se apoyan en otros hombres, sino los que se ‘hacen a sí mismos’, los que toman las riendas de su porvenir y afirman sin cesar, jactanciosos, su ilimitada libertad. Tanto es así, que la independencia se ha tornado incluso en objetivo político de los burgueses catalanes y en lema vacío del periodismo ‘pompier’; también en pretexto que justifica la eliminación sistemática de los niños con discapacidad en el vientre de sus madres.

Habrá quien sostenga que esta inclinación social no constituye mal alguno. Lo más natural, dirá, es que el hombre persiga con avidez la independencia, pues sólo con ella será verdaderamente libre. Se trata de un razonamiento – falaz – propio de sociedades capitalistas, donde el irrefrenable deseo de ganancia va conformando poco a poco una mentalidad individualista, una mentalidad que se asienta sobre la premisa de que el hombre fuerte es aquél no se apoya en el prójimo (más que para obtener un beneficio económico, claro).

Lo cierto, sin embargo, es que el hombre verdaderamente fuerte es aquél que vence – con el auxilio de la gracia – la tentación de la soberbia y, humilde, se reconoce dependiente por naturaleza. No sólo necesitamos al otro para alcanzar cierta prosperidad económica, sino también para colmar el anhelo de plenitud que nos es propio. Un hombre feliz no lo es por sus propios méritos; lo es porque hay otro – u Otro – que ha decidido amarlo incondicionalmente. Un hombre no es bueno por sus propios méritos; lo es porque hay Otro que lo sostiene, que lo impulsa. El ser humano aislado, emancipado de las ‘ataduras’ comunitarias y divinas, no es libre; es simplemente infeliz e incapaz.


Decía San Agustín que ‘nuestra firmeza es verdadera mientras eres Tú mismo; pero, cuando es firmeza nuestra, es debilidad’. Quizá sea ésa una de las más elementales verdades que enuncia el catolicismo: que nosotros no nos bastamos; que el hombre, en tanto que hombre, nada puede lograr por su individual esfuerzo. Lo sostiene la gracia de Dios, y no es capaz sino del mal cuando se cierra a ella para afirmarse sí mismo. 

domingo, 15 de julio de 2018

El valor (religioso) de la agricultura


El agricultor alza la vista al cielo y le canta a Dios loas y alabanzas, regocijado por la fertilidad de la tierra y la bonanza del sol y la lluvia. En cambio, el gran financiero sólo puede ponerse frente a un espejo y admirarse a sí mismo.

El hombre se ha desligado de la tierra. Vive en edificios colosales que se despegan del suelo decenas de metros, trabaja por medio de artificios que domeñan la realidad y, asimismo, reniega de la vida rural, que estólidamente considera inferior a la cosmopolita vida urbana. Ni siquiera el agricultor sobrevive a esta separación: las hortalizas Toshiba – busquen en Internet qué son – han reemplazado a los tomates que surgen, con impulso milagroso, de la superficie; las máquinas y los dispositivos han sustituido a las herramientas y a las manos del hombre, que ya no tocan la tierra sino con intermediación.  

Habrá a quien el declive de la agricultura tradicional – con la progresiva disolución de las comunidades políticas europeas en el mastodonte burocrático bruselense, la imposición de la ideología de género y el frenético avance de la cultura de la muerte – le resulte anecdótico, incluso fútil. Sin embargo, lo cierto es que tiene una relevancia irrefutable y unas consecuencias antropológicas fácilmente distinguibles: aleja al hombre del fenómeno religioso.  

Frente a la economía hodierna y a su permanente culto a la innovación y al individualismo, la agricultura despierta en el hombre un sentimiento de gratitud. El agricultor es consciente de que su prosperidad depende enteramente de unos dones previos, ajenos a sus méritos o deméritos: el sol, la tierra, la lluvia, las babosas... Sin ellos, todo su esfuerzo se revelaría infructuoso. Por eso, en una época que entroniza la voluntad del hombre hasta afirmar su primacía sobre lo real, la agricultura tradicional nos recuerda – con un grito cada vez más desesperado – que el hombre no se basta por sí mismo, que es completamente dependiente de los regalos de Dios y de sus semejantes.  

Y de una conciencia de dependencia siempre brota una emoción de gratitud. El agricultor alza la vista al cielo y le canta a Dios loas y alabanzas, regocijado por la fertilidad de la tierra y la bonanza del sol y la lluvia. En cambio, el gran financiero sólo puede ponerse frente a un espejo y admirarse a sí mismo, pues su riqueza depende de su astucia, de su laxitud moral y del vago concepto 'suerte'. La agricultura es trascendencia; las finanzas, inmanencia. El agricultor agradece; el financiero presume.  

Quizá para reencontrarnos con el Creador debamos redescubrir la agricultura. Pero no esa agricultura de máquinas y hortalizas artificiosas que no brotan de la tierra, sino esa agricultura tradicional que en esta época descreída se nos revela como el mejor antídoto contra el voluntarismo y como el mejor sostén de la doctrina de la gracia.  

lunes, 2 de julio de 2018

El suicidio y la riqueza


Como nos enseñaba Chesterton, el gozo no se alcanza expandiendo nuestro 'yo' hasta el infinito, sino reduciéndolo a una minúscula dimensión.


Quizá uno de los más lacerantes dramas que aflige a la sociedad contemporánea sea el suicidio, que siembra dolor, desgarra familias y trunca esperanzas compartidas. Suicidarse es rechazar el gratuito don de la existencia, cerrar la puerta para siempre a esa belleza que, desde fuera, nos interpela, ofreciendo sentido y demandando compromiso. El suicida desprecia la fresca pureza de un manantial, la esperanza inherente a un amanecer e, incluso, la sutil delicuescencia evocada por las puestas de sol. Ni en lo hermoso ni en lo feo, ni en lo bueno ni en lo malo, ni en lo alegre ni en lo triste... En nada encuentra deleite. Ni sentido, que es lo importante. 

Cuando el hombre hodierno se aproxima a la cuestión del suicidio, le aborda siempre una pregunta desafiante: ¿por qué, en esta época de prosperidad y opulencia, tantos hombres fenecen por propio designio? La respuesta a este opresivo interrogante puede antojarse en un primer momento intrincada, pero pronto se revela sencilla hasta lo insultante. Tanto, que puede sintetizarse en tres palabras: por el individualismo. Tras la riqueza del mundo occidental contemporáneo, subyace un deletéreo culto al 'yo', que se expande hasta el infinito sin que ningún límite lo constriña. Ya no hay 'tú'. Ya no hay sacrificio (que consiste en salir de uno mismo, renunciando al propio interés). Y, en consecuencia, tampoco hay felicidad. 

Como nos enseñaba Chesterton, el gozo no se alcanza expandiendo nuestro 'yo' hasta el infinito, sino reduciéndolo a una minúscula dimensión. El hombre que mira ensimismado su propio ombligo no puede ser feliz, pues la dicha está fuera de él:  en un paraje que lo conmueve, en un manjar compartido con otros o – sobre todo – en un semejante que le dice 'me importas'.  

Por ese motivo, la plenitud no depende enteramente de nosotros mismos; es un don que nos brinda el otro y que hemos de acoger con humildad. Por mucho dinero que acumulemos (o por muchas experiencias placenteras que vivamos), no seremos felices si nos encerramos, dando la espalda al prójimo que quiere amarnos y a la realidad que quiere afectarnos. Esto es lo que no comprende el hombre hodierno, quien, muy pelagiano, se afana en darse a sí mismo una felicidad que cree parapetada tras montones de billetes de quinientos, noches de desenfreno en una discoteca o saltos arriesgados en paracaídas.

No basta, sin embargo, con recibir el regalo amoroso que nos entrega el prójimo; debemos acogerlo, comprometernos con él. La persona – y de ahí su naturaleza comunitaria – sólo es dichosa cuando se entrega al otro, cuando abandona el 'yo' y vive plenamente para el 'tú'. Paradójicamente, cuando el 'yo' deja de ser el fin que orienta nuestras acciones, cuando dejamos de preocuparnos por nuestra propia felicidad, ésta se nos acerca más, derribando el muro hormigonado que la Caída levantó. 

Nuestra sociedad no es infeliz a pesar de la riqueza. Es infeliz precisamente por la riqueza. O, mejor, por haberse rendido a ella. La plenitud no se halla en el banco de España o en un lupanar, sino en el vasto horizonte del 'tú' y en una actitud de asombro ante lo sencillo. Cuanto antes lo comprendamos, antes lograremos desmantelar esa industria del suicidio en que ha degenerado nuestra avanzada sociedad, tan ahíta de lujo y tan necesitada de amor.  


miércoles, 2 de mayo de 2018

'La manada'


La manada' es producto de una sociedad que ha desligado el sexo del amor y que, en consecuencia, reduce aquél a la mera satisfacción de apetitos incontrolables.

Si hay algo que caracteriza a la sociedad hodierna, es su proclividad a poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. Nos indignan los males concretos y más evidentes (y eso prueba que no hemos perdido del todo el sentido moral), pero ensalzamos los fundamentos sobre los que esos males se asientan. Así, nos subleva la mera posibilidad de que las pensiones públicas desaparezcan, pero jaleamos las políticas antinatalistas fomentadas por instituciones nacionales y supranacionales; así, nos consterna el yihadismo, pero somos incapaces de reflexionar de modo más o menos sosegado sobre el islam, al que motejamos acríticamente de religión de paz.  

Lo mismo ocurre con el caso de 'La manada', que tantas conciencias aletargadas ha despertado en los últimos días. Ya conocen de sobra los hechos: durante los sanfermines, cinco hombres ultrajaron a una joven a la que compelieron a hacer felaciones por doquier y sometieron con la saña propia del perturbado. El acto es abominable y, naturalmente, indigna a todo aquél de quien no se haya apoderado el Maligno. Pero esta indignación natural se revelará estéril - ya lo ha hecho, en parte – si no nos afanamos en descubrir y señalar los orígenes del mal específico.
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'La manada' es producto de una sociedad que ha desligado el sexo del amor y que, en consecuencia, reduce aquél a la mera satisfacción de apetitos incontrolables. El acto sexual, que antaño simbolizaba la plena entrega al otro (y debería seguir haciéndolo), constituye ya poco más que un simple proceso químico en el que la otra parte no es percibida como fin en sí misma, sino como simple suministradora de placer; en el que la otra parte no es objeto de una mirada amorosa, sino de una puramente lasciva. Es en la desnaturalización de la sexualidad y en la instrumentalización de las relaciones personales donde se halla el origen de conductas como la de los íncubos de 'La manada', cuyos instintos, por cierto, son estimulados a diario por la venérea realidad que se nos presenta a todos – en forma de manzana envenenada – tras la pantalla del ordenador.  

Si deseamos luchar seriamente contra los actos sexuales más sórdidos, empecemos por criticar la distribución indiscriminada de preservativos. Si deseamos acabar con las violaciones, empecemos por demandar la inmediata prohibición de la pornografía (al menos entre niños). Si deseamos más respeto hacia la mujer, empecemos por devolver la prostitución al lóbrego habitáculo del que nunca debería haber salido: la prohibición. Si no lo hacemos – y al tiempo clamamos aspaventeramente contra los íncubos de 'La manada' -, no estaremos sino poniendo tronos a las causas (la banalización del sexo) y cadalsos a las consecuencias (las conductas sexuales depravadas). 

Sólo recuperando la extraviada sacralidad del acto sexual podremos dejar de ser manada y convertirnos, de nuevo, en comunidad.  

martes, 6 de marzo de 2018

Izquierda y capitalismo


Promoviendo el uso de anticonceptivos, fomentando un feminismo que reniega de la maternidad y hostigando la lucha de sexos, la izquierda posmoderna ha propiciado la materialización de uno de los sueños húmedos de la plutocracia: un mundo en el que predominen las familias de pocos vástagos y los individuos aislados.


Quizá influidos por la reminiscencia de un tiempo pretérito que jamás volverá, los obtusos medios de comunicación españoles acostumbran a asociar el liberalismo económico con una suerte de conservadurismo moral. Así, ignorando que el dinero y la tradición siguen caminos diferentes e incompatibles, creen que quien toma el capitalismo como sistema económico opta también por un modelo social y ético opuesto al preconizado por el progresismo. La realidad, sin embargo, es bien distinta.

El progresismo moral, de hecho, no ha devenido sino en instrumento del que se sirve el capitalismo para alcanzar sus propósitos. Promoviendo el uso de anticonceptivos, fomentando un feminismo que reniega de la maternidad y hostigando la lucha de sexos, la izquierda posmoderna ha propiciado la materialización de uno de los sueños húmedos de la plutocracia: un mundo en el que predominen las familias de pocos vástagos y los individuos aislados. No en vano, como ya adivinaron los padres del pensamiento capitalista, cuando el trabajador no tiene a nadie a quien mantener, sus exigencias salariales se tornan, de pronto, más laxas, más compatibles con el empresarial anhelo de maximizar los beneficios.

Así pues, nos percatamos de que todos esos postulados progres acaban beneficiando al dinero transnacional, que, por un lado, desea familias diminutas para poder reducir los salarios sin oposición y que, por otro lado, busca seres desarraigados que no hagan sino consumir. Individuos que no amen, que no admiren; individuos que simplemente consuman hasta la extenuación o el suicidio.

En su demencia, la izquierda posmoderna, que ha dejado de defender al hombre común para abanderar las más disparatadas causas y proteger a los más residuales colectivos, ha llegado incluso a hacer suyos los ideales y objetivos de Malthus. Preocupados por el cambio climático, los más conspicuos popes del pensamiento progre han abrazado esa deletérea idea que responsabiliza del deterioro mediombiental a un supuesto ‘exceso de población’ (¡cuando el verdadero causante de ese deterioro es el mismo capitalismo que anhela la reducción de la población mundial y que sólo atiende a lógicas económicas!).

La dura realidad que tratan de ocultar los medios sistémicos es que el capitalismo, como ya ocurría hasta cierto punto en tiempos de Belloc, se beneficia de la anarquía moral predicada por la izquierda. Si se ha desarrollado tanto en las últimas décadas, es porque esta última le ha ayudado a despojar a la sociedad de sus anhelos trascendentes, de sus vínculos con el pasado (o de su tradición) y de su sentido comunitario. Ello nos prueba que la alternativa no se encuentra en los postulados de ninguna ideología moderna o posmoderna (que, al fin y al cabo, bebe de las mismas fuentes que el capitalismo), sino en esa milenaria institución que tiene su sede en Roma y su origen en Jerusalén. 

domingo, 18 de febrero de 2018

Adoctrinamiento


El problema del sistema educativo catalán no es el adoctrinamiento, sino el adoctrinamiento en la mentira. Su mal no es el dogma, sino el dogma falso e injusto.

Una de las más distintivas características del hombre hodierno es su incapacidad para enunciar diagnósticos adecuados respecto de males sociales concretos. De este modo, por ejemplo, creemos que el mayor problema del sistema educativo catalán es el ‘adoctrinamiento’; un adoctrinamiento que han denunciado, en tono enternecedoramente indignado, algunos de los más egregios representantes de los partidos políticos españoles (esos mismos que, sin embargo, se aseguran de que los niños engullan en toda España la alfalfa producida por la ideología de género).

La dura realidad es que atacar el adoctrinamiento, en abstracto, es atacar la educación misma. Adoctrinar no consiste sino en inculcar una serie de principios y dogmas a otros, generalmente más jóvenes. No existe otra forma de enseñar, por mucho que los pedagogos aseveren hogaño que el maestro debe limitarse a abrir la mente de sus alumnos. ¿Qué padre de familia no enseña a sus hijos a hacer el bien y a evitar el mal? ¿Qué profesora no educa a sus pupilos en unos códigos morales concretos? ¿Qué abuela no le dice a su nieto que debe amar al prójimo? Relacionamos el adoctrinamiento con la oscuridad y la tiranía, pero tiene más que ver con la luz penetrante de la educación; esa luz que incide sobre el hombre y le permite construir unas bases sobre las que asentar su libertad.

Si a lo largo de la historia las generaciones jóvenes no hubiesen sido adoctrinadas en las verdades más evidentes y puras, nuestro conocimiento de lo real sería hoy exiguo. La cuestión es que los infantes ya no son educados en esas verdades, sino en preceptos de ideologías que han envenenado nuestro mundo. Cuando criticamos el adoctrinamiento en las escuelas catalanas, realmente pretendemos denunciar las deletéreas ideas con que el separatismo catalán contamina el alma de los niños. Mas, como vivimos en una época que considera que todas las ideas son válidas y respetables, disfrazamos esta noble pretensión y arremetemos contra la esencia misma de la enseñanza.

El problema del sistema educativo catalán no es el adoctrinamiento, sino el adoctrinamiento en la mentira. Su mal no es el dogma, sino el dogma falso e injusto. Ya nos enseñaba Chesterton que ‘el dogma es en realidad lo único que no puede separarse de la educación (…) Un profesor que no es dogmático es un maestro que no enseña’.

domingo, 28 de enero de 2018

Hacia un nuevo léxico político

Por Juan Oltra, firma invitada

Que sí.  Que a estas alturas ya nos hemos enterado todos. No somos de izquierdas ni de derechas. El repertorio fraseológico es tan amplio como repetido. Es hemiplejia moral; es ceguera intelectual; es una perfecta imbecilidad… En fin, lo de siempre. Nos sabemos magníficamente la lección, vaya.

Reconozco, como el que más, lo afortunado que estuvo en este punto Ortega y lo aprovechable de esa ruptura con ambos posicionamientos, en cuanto epifenómenos de un mismo proceso revolucionario.

Pero hagan el favor: miren a su alrededor. Izquierda y derecha han volado por los aires. Estas categorías no sirven ya ni como etiquetas. ¿No creen que viene siendo hora de renovar nuestro lenguaje político?

Hablar de “las derechas” siempre ha resultado complejo y polémico. Si algo parece habernos quedado claro es que emplear el término en singular es casi una aberración académica. Pero, más allá de la complejidad semántica, es fácilmente constatable que decirse “de derechas” ha llevado aparejada desde hace décadas una nota social de infamia. Precisamente por ésto, los acomplejados herederos de este bagaje político son los primeros en desentenderse de él o en apresurarse a lavarle el rostro y dar una imagen más cool. En este sentido, el ejemplo de Cristina Cifuentes resulta paradigmático. En efecto, se han integrado a la perfección ─incluso promoviéndolo─ en el consenso socialdemócrata que sustenta al régimen partitocrático del 78, y que constituye uno de los ejes del Mátrix progre, en genial expresión de Juan Manuel de Prada.

Sin embargo, donde se observa con mayor claridad la pérdida de relevancia de la vieja dialéctica derecha-izquierda, es en el análisis de la evolución de esta última.

Fueron “poetas” como A.  Ginsberg quienes sentaron las bases de la metamorfosis izquierdista. Comienzan a divulgar en Estados Unidos los postulados freudomarxistas heredados de la Escuela de Frankfurt, y es así como las obsesiones sobre la sexualidad comienzan a eclipsar el discurso clásico de la izquierda. Asimismo, el individualismo moderno más extremo se abre paso velozmente frente a la idea ─también moderna, pero no ajena a la izquierda─ de colectividad.

Las influencias de esta izquierda renovada se extienden en la juventud, especialmente en el ámbito universitario. Y llegamos así, en Europa, a mayo del 68. Pese a que original y epidérmicamente el mayo francés recogiese reivindicaciones sociales; en el fondo constituyó el cénit del proyecto nihilista que se inició en los albores de la modernidad. 
El hedonismo, el materialismo y el individualismo egoísta que importasen los Estados Unidos, regresaban a Europa con mayor proyección y fuerza que nunca. Las más infantilizadas utopías compendiadas en estúpidos eslóganes, se combinaban contradictoriamente con la admiración hacia la China de Mao.

Pero no nos engañemos. El supuesto carácter transgresor del fenómeno no excedió los límites de la moral. Y, aun así, se trató de una transgresión subvencionada. En efecto, mayo del 68 supuso la alianza decisiva entre el modelo económico capitalista y la progresía cultural. Al reflexionar sobre estas cuestiones no podemos dejar de recordar las tesis de Augusto del Noce, quien consideraba que la aplicación del marxismo, en general, había contribuido a “pulir” la moral burguesa. Se desembarazaba así de toda reminiscencia a conceptos tradicionales, y la moral burguesa-cristiana pasaba a ser una moral burguesa pura. Es por ello que, siguiendo a del Noce, nos atrevemos a asegurar que mayo del 68 pasó a la Historia como la última de las revoluciones (intra)burguesas.

Al decir de Alain de Benoist, «lejos de exaltar una disciplina revolucionaria, sus partidarios querían ante todo “prohibir las prohibiciones” y “gozar sin barreras”. Muy pronto se dieron cuenta de que hacer la revolución y ponerse “al servicio del pueblo” no era el mejor camino para satisfacer sus deseos. Por el contrario, comprendieron que éstos se verían satisfechos con mayor seguridad en una sociedad liberal permisiva. Y se terminaron aliando de forma natural con el capitalismo liberal, lo que no dejó de reportar, a un buen número de ellos, ventajas materiales y financieras».

Será esta nueva izquierda la que arríe paulatinamente las banderas de la justicia social para sustituirlas por las de la justicia antropológica, como bien apunta Dalmacio Negro en recientes estudios.

La desmembración de la sociedad en multitud de colectivos; la ruptura del lazo social y la creciente abulia, conformismo y despreocupación de los ciudadanos —descompromiso que encuentra sus mejores reflejos en España, donde se ha implantado ejemplarmente el homo festivus— hacen que las llamadas luchas posmodernas derivadas de la hegemonía ideológica de esa izquierda (que triunfó culturalmente en aquellos años, y que políticamente comienza a conseguirlo ahora), cumplan eficientemente tres funciones principales. A saber:

Controlar el pensamiento, que se puede desarrollar solamente dentro de unos límites marcados por la mal llamada “corrección” política.

- Destruir todos los elementos orgánicos que aun pudiesen conservar, o desde los que reconstruir, la noción de comunidad y de bien común. El individuo aislado e independiente, atomizado. Se busca completar su emancipación, en definitiva.

Fijar el foco de atención sobre unos productos ideológicos artificiosos (pansexualismo, ecologismo, antirracismo (mención aparte merecería el multiculturalismo), veganismo, feminismo y abortismo, pacifismo, animalismo, proclamación de infinidad de “identidades” de género…) para desviar la atención de las cuestiones verdaderamente cruciales.

Resulta cuanto menos sospechosa la confluencia de intereses entre las agendas de las élites y las de los colectivos protagonistas de estas reivindicaciones humanitaristas posmodernas. Son los grandes magnates quienes financian las actuaciones de los lobbies, tras lo cual pasan a ser considerados poco menos que filántropos. Puede que el personaje más conocido a este respecto actualmente sea George Soros con su fundación, significativamente denominada Open Society.

Su táctica será muy reprobable, pero funciona. Mientras perdemos el tiempo enzarzados en absurdos debates sobre si los niños tienen vulva; o sobre si es posible que una mujer contraiga matrimonio con una estación de tren, las oligarquías financiero-mediáticas continúan desarmando nuestra soberanía social, destruyendo nuestros derechos y disolviendo la identidad de los pueblos.

Y si continuamos con el viejo lenguaje dialéctico izquierda-derecha, acabaremos convenciéndonos, en perfecta sintonía con los tertulianos sabatinos de 13 TV, de que Pablo Iglesias o Pedro Sánchez son peligrosos revolucionarios. Creo que no supone ninguna novedad desmentirlo. Están consagrados al servicio de la tiranía socialdemócrata y de esas luchas posmodernas que el capitalismo global ha hecho suyas por serles de una rentabilidad inusitada.

Los términos, insisto, deben de ser actualizados. La verdadera disidencia al mundo moderno solo puede provenir de una oposición real ─ya se plantee en clave política o metapolítica─ al reino de la uni-forma y a los mitos e imaginarios que inauguró el totalitario discurso ilustrado.

Y sí. Izquierda y derecha van de la mano. Asumámoslo de una vez. No reside ahí la tensión de nuestro tiempo.

Más allá de recetas económicas concretas y de propuestas contingentes, el devenir de España vendrá determinado por una batalla entre quienes se doblegan a las élites cosmopolitas y quienes, por contra, se niegan a sacrificar la tradición.

Entre quienes balcanizan sociedades inventando y financiando colectivos, y quienes buscan preservar la natural convivencia de las partes que componen el Todo.

Éste es el (no tan) nuevo dilema. Oligarquía o pueblo. Armonía del hombre con su contorno, o desarraigo.

martes, 23 de enero de 2018

Trump, ¿ruptura o continuidad?


Trump ha asumido como propia la averiada política exterior que impulsaban sus predecesores; esa política exterior que, pese a los esfuerzos del inmisericordemente defenestrado Steve Bannon, sigue desprendiendo hoy un insoportable hedor neocón.
Cuando hace poco más de un año Donald Trump fue investido como presidente de Estados Unidos, algunos ingenuos albergábamos en nuestra alma la esperanza propia de quien ve próxima la victoria. Creíamos, basándonos en lo acaecido en campaña electoral, que el acceso a la Casa Blanca de ese magnate de mirada torva, cabellos amarillentos y determinación enérgica acabaría con muchos de los problemas que afligen al mundo hodierno: el inhumano proceso de globalización, el intervencionismo estadounidense en política exterior y esa semilla de anarquía moral que las organizaciones internacionales pretenden sembrar en todos los países del mundo.

Sin embargo, la dura realidad es que pecábamos de optimistas (que siempre es mejor que pecar de lo contrario). El compromiso del republicano de tornar América grande otra vez y de combatir el globalismo ha devenido en burda entelequia. No en vano, Trump ha asumido como propia la averiada política exterior que impulsaban sus predecesores; esa política que, pese a los esfuerzos del inmisericordemente defenestrado Steve Bannon, sigue desprendiendo hoy un insoportable hedor neocón.

No obstante su afán preelectoral de diferenciarse del establishment republicano, lo cierto es que el extravagante presidente no ha hecho en su mandato nada demasiado distinto a lo que habría hecho un republicano cualquiera. Así, se ha manifestado contrario al aborto con loable elocuencia – elocuencia que, desgradaciadamente, no se ha plasmado en demasiadas acciones concretas –, ha pronunciado emotivos alegatos en defensa de ese masónico ideal denominado ‘libertad religiosa’ y ha perseverado en la mesiánica manía republicana de concebir a Estados Unidos como gran árbitro mundial y epítome de cuantas virtudes existen.

De esta manera, la presidencia de Trump, que ha suscitado la indignación de una prensa sectaria hasta los tuétanos, tiene mucho de claroscuro. Medidas que deberían regocijar a todo hombre comprometido con la defensa de la civilización occidental – tales como la protección de los cristianos perseguidos y la lucha contra ese sutil genocidio llamado aborto – han confluido con medidas que escandalizan a todos los que apoyamos al republicano antes de las elecciones generales. Entre éstas se halla el incondicional apoyo que ha mostrado a Arabia Saudí (principal promotor a nivel mundial del fundamentalismo islámico) y su renuencia a mejorar las tensas y conflictivas relaciones existentes entre Estados Unidos y Rusia.


El mundo no es un lugar más justo después del primer año de presidencia de Donald Trump. Es cierto, por ejemplo, que la cultura de la muerte ha retrocedido levemente y que ahora los cristianos perseguidos cuentan con el respaldo de una persona que acumula ingente poder. No obstante, debemos recordar que el globalismo no ha visto amenazadas sus viciadas aspiraciones y que la política exterior norteamericana sigue agitando avisperos que presentarían un aspecto más amable si permaneciesen en estado de quietud. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Paz injusta


Si la paz que construimos está fundada en la injusticia, sólo estaremos replicando la crueldad del averno en la Tierra

Uno de esos términos que el mundo occidental contemporáneo – tan necesitado de sucedáneos religiosos – ha entronizado es el de ‘paz’. El pacifismo se ha tornado en un credo ideal que sólo los más despreciables hombres pueden refutar; en una actitud vital que le brinda al individuo la llave de la felicidad. Así, nos hemos acostumbrado a que nuestros líderes espirituales presenten la paz como el más importante de los fines que deben orientar la acción humana. Sin embargo, esta aseveración, como tantas de las escupidas por nuestras élites intelectuales, es manifiestamente mendaz.

Afirmar que la paz debe constituir el fin último de la sociedad se antoja tan disparatado como sentenciar que la conversación nos torna más sabios. Todo dependerá de la calidad de la conversación, así como todo dependerá de la naturaleza de la paz. Si en nuestras conversaciones no se da una unidad de bien, verdad y belleza, nuestro conocimiento de lo real no crecerá; si la paz que construimos está fundada en la injusticia, sólo estaremos reproduciendo la crueldad del averno en la Tierra.

Incluso los cristianos modositos – impelidos por las diatribas del Sumo Pontífice, que apoyó el ilegítimo ‘proceso de paz’ con las FARC en Colombia – han asumido como propia esa averiada visión que considera la paz, la ausencia de violencia y guerra, como el más deseable de los estados humanos. Y para justificar su deletérea postura, retuercen a Cristo hasta el punto de presentarlo como una obsoleta versión de Ghandi, como una suerte de apóstol del movimiento hippie. Pero lo cierto es que Jesús no fue un moderadito. Sus alegatos por la paz fueron, sin duda, menos contundentes que sus acciones en defensa de la justicia. Él nunca pronunció una palabra contra la guerra (tampoco a favor); Él podría haber permitido que los mercaderes siguieran profanando el Templo, mas antepuso justicia a paz.

Sólo una sociedad delicuescente, y alejada de la palabra de Cristo, exalta la paz por encima de todo lo demás. Y es que las sociedades moralmente sanas – aquéllas con ganas de pervivir –  son perfectamente conscientes de que pocas cosas hay tan opresivas como una paz fundada en la mentira y la fealdad; de que más valen cien guerras justas que una paz injusta. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Dar las gracias

Cuando agradecemos, reconocemos que nuestra imperfecta insignificancia no merece ni cortesías ni requiebros; que nuestra pequeñez no es digna de la belleza del gran universo.

Todos hemos oído a nuestros allegados más provectos – que se criaron en una época de declive de los grandes principios morales, pero de vigor de los pequeños principios morales – clamar contra la mala educación de las nuevas generaciones. Mala educación que se manifiesta, entre otras cosas, en una contumaz incapacidad para dar las gracias. Así, cada vez es más inhabitual que el término ‘gracias’ constituya el eje fundamental de una conversación, y eso lo perciben nuestros ancianos. No obstante, su airada y justificada protesta no acostumbra a ahondar en las causas que motivan esos malos modos con que se conduce el hombre contemporáneo.

En mi opinión, nuestra renuencia a dar las gracias al hombre que nos deja atravesar la puerta antes que él – o al camarero que nos sirve en un restaurante – deriva de nuestra falta de humildad, de nuestro ensoberbecido orgullo. Éste nos hace percibirnos merecedores de un rojizo amanecer frente al Mar de Galilea y de un hermoso crepúsculo junto a la mujer que amamos. Nos lleva a creer que ameritamos tanto las delicias que cada día encontramos en nuestra mesa como el calor familiar de una cena navideña. El cegador orgullo nos lleva incluso a pensar que el hombre merece que Dios entregue su vida para liberarle de la onerosa carga del pecado.

Pero la esencia de la realidad es su condición de regalo inmerecido. El hombre orgulloso, que es el que prolifera en una época que niega toda limitación, no es capaz de admirar la grandeza de las cosas, pues está demasiado ocupado observando la mugrienta pequeñez de su ombligo. Todo acto de servicio lo concibe como un acto de justicia para con él, que merece tanto la noche estrellada como el dorado atardecer.


El orgullo, además de lastrar nuestra capacidad de asombro, nos impide dar las gracias. Porque, cuando agradecemos, reconocemos que nuestra imperfecta insignificancia no merece ni cortesías ni requiebros; que nuestra pequeñez no es digna de la belleza del gran universo. Por eso, al hombre hodierno, que ha renegado de su condición de criatura y ha ocupado ilegítimamente el trono del Creador, dar las gracias se le antoja el estúpido atavismo de un tiempo felizmente superado. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

El progresismo y la libertad

El progresismo, en tanto que determinista, es la más deshumanizadora de las ideologías, pues no acepta la misma esencia del hombre.
Entre los más irracionales credos que uno puede encontrar, la fe en el progreso, tan común en Occidente desde las postrimerías del Siglo XIX, ocupa un puesto prominente. En nuestra delicuescente época, la historia es presentada como una línea recta que conduce ineluctablemente a la sublimación del ser humano a través de los avances técnicos y científicos. Un mal intelectual que, de no estar tan extendido, podría despacharse con esa risotada de suficiencia con que la verdad deja en evidencia a la mentira y la bondad destapa las vergüenzas de la maldad.

Tras el progresismo – así llamaremos a este mal intelectual – subyace una entronización del determinismo y una consecuente negación de la libertad humana. Quien afirma que el mero transcurso del tiempo implica, inevitablemente, una mejora de la salud moral de la sociedad rechaza que el hombre, con su libertad, sea el principal actor de la historia; rechaza, en definitiva, que el ser humano pueda alterar el curso de los acontecimientos. El progresismo, en tanto que determinista, es la más deshumanizadora de las ideologías, pues no acepta la misma esencia del hombre.

El progresista que lleva sus creencias hasta las últimas consecuencias niega que el hombre sea libre de elegir entre bien y mal, entre mejora y deterioro, entre verdad y mentira o entre justicia e injusticia. Le torna en marioneta de una obra de teatro cuyo desenlace ya está escrito; en animal que no sólo no puede aspirar a cambiar el mundo, sino que se sabe incapaz de cambiar a su propia familia. Así, lo sumerge en un paradójico y alienante pesimismo que tiene en el suicidio su más lógico final. Y es que, para alcanzar la plenitud, el ser humano necesita encontrarle un sentido a su existencia; necesita sentirse parte de un proyecto que pueda mejorar - o empeorar - con sus libres y creativas acciones.


Por fortuna, la mayor parte de quienes apelan al progreso como algo inevitable, como mero resultado del paso del tiempo, no han examinado con detenimiento el verdadero significado de sus palabras. Si lo hiciesen, si de verdad llegasen a la conclusión de que las acciones del hombre ni son libres ni tienen influencia alguna en el devenir histórico, se tumbarían en la cama y, pacientes, aguardarían a que el progreso salvara el mundo. 

domingo, 8 de octubre de 2017

El trabajo y la plenitud vital


Con el trabajo, el hombre pone su talento al servicio del prójimo; con el trabajo, el hombre desarrolla (o debería) su creatividad y su sentido de la belleza; con el trabajo, el hombre aleja de sí a Satanás, que encuentra en nuestro ocio su paraíso 

A ninguno de mis brillantes lectores se le escapa que muchos de los oficios hogaño desempeñados por personas serán, en un futuro más próximo que lejano, llevados a cabo por robots. Este hecho, del que sólo parecen hablar economistas de izquierdas y pensadores con honda conciencia comunitaria, debería en verdad turbar a todo hombre preocupado por su porvenir. No en vano, la plaga no sólo afectará a aquellas actividades de carácter eminentemente práctico, sino también a aquellos oficios que requieren de cierto ejercicio intelectual por parte del trabajador (ya hay robots que redactan noticias).

Como hasta un infante podría deducir, la consecuencia de esta entrada de la inteligencia artificial en el mercado laboral será una mayor e inexorable concentración de la riqueza. El paro crecerá, los salarios se reducirán y los empresarios amasarán una opulenta fortuna, pues poseerán tanto los medios de producción como la mano de obra. Ante esta situación, la clase política de los países occidentales no habrá sino de institucionalizar un sistema de limosnas que permita subsistir a esa masa social privada de su sueldo y de su trabajo y que, al tiempo, refrene las ansias revolucionarias.

Esta ominosa predicción, que de cumplirse constituiría el fin de la clase media, sólo podría evitarse alterando nuestra hodierna concepción del trabajo. De percibirlo como un costoso lastre del que el empresario ha de prescindir para maximizar sus beneficios – o de una onerosa y opresiva obligación – , debemos pasar a concebirlo como un sendero que el hombre tiene que atravesar, necesariamente, en su camino hacia la vida plena. Con el trabajo, el hombre pone su talento al servicio del prójimo; con el trabajo, el hombre desarrolla (o debería) su creatividad y su sentido de la belleza; con el trabajo, el hombre aleja de sí a Satanás, que encuentra en nuestro ocio su paraíso. Es por ello por lo que privar al ser humano de él, de la faena cotidiana, se antojaría tan nocivo para su espíritu como pernicioso sería para su cuerpo privarle de agua.

Por otro lado, y derivado de esto, eludir la masiva entrada de la inteligencia artificial en el mercado laboral exigiría un cuestionamiento de la esencia misma de la modernidad, que no estriba sino en la asunción de que la naturaleza humana debe adaptarse a las condiciones. Si anhelamos preservar un sistema social justo, habremos de recuperar la medieval idea de que son las condiciones las que han de adecuarse a la naturaleza humana; de que el modelo económico, y no al revés, debe estar al servicio del hombre, ese extraño ser que sólo puede encontrarle sentido a su existencia poniendo sus talentos al servicio de algo. 

Cuando aceptemos el carácter dañino de los modelos económicos que no se amoldan a la naturaleza humana y reconozcamos que el trabajo es un medio indispensable para alcanzar la plenitud vital, concluiremos que privar a más de la mitad de los hombres del trabajo constituiría uno de los más graves crímenes jamás perpetrados.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Por un patriotismo irracional


El amor por la patria debiera ser como el amor que el padre profesa a su hijo; un amor incondicional, que no atienda motivos o razones

Si algo hemos de agradecerle a los secesionismos catalán y vasco, es que ponen de manifiesto a diario la contumaz torpeza de una clase política española que se halla anclada en ese afán de suicidio llamado cortoplacismo. Ante los constantes desafíos de la avara burguesía catalana (y de esa izquierda exaltada y maloliente que le hace el trabajo sucio), nuestros políticos, sin apenas distinción de partidos, se afanan en enumerar motivos, razones, por los que Cataluña debería permanecer en España, unidad política generalmente motejada como ‘Este País’. Así, disertan, con esa irritante petulancia que sólo el ignorante puede exhibir, sobre lo desconcertante de que un grupo de personas quiera destruir una nación grandiosa, democrática, próspera y estupenda como España.

Quien haya leído a Chesterton advertirá al instante la debilidad de esta viciada argumentación: que abre la puerta a que España sea descuartizada cuando deje de reunir las condiciones citadas. Cuando nuestra patria deje de ser democrática, el separatista catalán o vasco de turno reclamará una inmediata ‘desconexión’. Cuando deje de ser próspera, habrá ingentes liberales que divaguen sobre la conveniencia de disolverla. Cuando deje de ser grande, no quedará nadie que defienda el imperativo moral que preservarla constituye. Y esta tragedia será responsabilidad de quienes, durante años, predicaron una suerte de amor racional.

El amor por la patria debiera ser como el amor que el padre profesa a su hijo; un amor incondicional, que no atienda motivos o razones. Un vástago, como un progenitor, no es amado por su estatura, su inteligencia, o por su habilidad para tal o cual deporte. Es querido por el mero hecho de que existe. Del mismo modo debería ocurrir con la nación, que es una realidad que nos viene dada; una realidad que deberíamos afanarnos en perfeccionar cada día.


Nuestra patria sólo pervivirá si a los niños – ya sea en las escuelas o en casa – se les enseña a amarla incondicionalmente, cual si de un regalo divino se tratara. No debemos amar España porque sea grande, democrática o próspera, sino por el mero hecho de que es española. Y, cuando amemos a España por ser española, se tornará grande, democrática y próspera. 

lunes, 12 de junio de 2017

El problema es Europa

El 3 de junio, cuando el sol ya había caído y la luna se había adueñado de la ciudad del Támesis, el grito que todos los europeos temen – ‘Alá es grande’ – volvió a resonar en uno de los lugares en que ha venido resonando con mayor asiduidad y estruendo. Tres musulmanes, con la determinación propia de quien cree estar cumpliendo el designio divino, arrollaron, sirviéndose de una furgoneta, a tantos viandantes como pudieron e, inmediatamente después, acuchillaron a todo infiel que se interpuso en su camino. Los yihadistas perpetraron tamaña carnicería sin piedad, pues ésta es una virtud esencialmente cristiana; sin hacer distinciones entre hombres y mujeres, pues éstos, en caso de no creer en Alá, son igualmente indignos.

Relatado esto, erraríamos si concluyésemos que el hodierno problema reside exclusivamente en el islam. Y es que los atentados están siendo perpetrados en una Europa que, con el paso de los años, se ha tornado en un gran geriátrico que observa eso de reproducirse como el estúpido atavismo de un tiempo superado; en una Europa que, contaminada por la ingeniería social que políticos e intelectuales pergeñan desde la comodidad de sus despachos, ha desmantelado la tradicional estructura familiar y, por tanto, la más primitiva forma de comunidad humana. Los yihadistas atacan a una sociedad que reniega de la virtud y en la que el placer es percibido como única fuente de felicidad; a una sociedad que se ha sublevado contra sus propias raíces y que exhibe excesiva tolerancia para con las ajenas.

Europa ya se ha enfrentado al islam: el Siglo XVI y una buena parte del XVII constituyeron un ininterrumpido asedio otomano. No obstante, la situación era, entonces, mucho más esperanzadora para la civilización, pues los motivos por los que morir eran evidentes: religión, patria, familia… La lucha contra el sarraceno merecía la pena a ojos de un europeo que no quería renunciar a adorar a su Dios. Hogaño, desmanteladas esas grandes ideas que enardecían los corazones de nuestros ancestros, el hombre occidental no tiene más ideas que defender que la democracia, el derecho a la pornografía y los derechos elegetebé, base de su endeble construcción cultural. Y, como se podrán imaginar, tales valores no mueven sino a la inacción y a la pasividad; nadie entregaría su vida por un simple sistema político, y mucho menos por el ‘derecho’ a cambiar de sexo.


A Roma no la derribaron los bárbaros, sino la decrepitud moral de los romanos. Cualquier reacción contra el islam que no pretenda eliminar el legado posmoderno – que es precisamente el que ha hecho de la media luna una amenaza para nuestra supervivencia – no será más que la pataleta de un infante ante una situación que le disgusta. 

sábado, 27 de mayo de 2017

Por una economía al servicio del hombre corriente

Por toda Europa están emergiendo partidos políticos que denuncian los efectos perniciosos de los movimientos migratorios masivos y de la globalización para las clases medias y bajas occidentales. Estos partidos, que han hecho de la defensa del Estado- Nación su más representativa bandera, son motejados por las formaciones tradicionales – las sistémicas – de ‘populistas’ y ‘extremistas’. No obstante, merece la pena preguntarse cuáles son los motivos que los han alzado, pues los movimientos políticos no son producto de mentes arbitrarias que repentinamente deciden crear un sistema de ideas, sino que responden realidades sociales concretas. Así, el comunismo nació cuando los obreros, como consecuencia de sus miserables condiciones laborales, deseaban volver a ser vasallos; así, el fascismo surgió cuando las ideas liberales eran constantemente cuestionadas como resultado de la I Guerra Mundial y sus efectos colaterales.

Hace unos años, el obrero occidental se ganaba la vida en una fábrica y tenía un salario digno con el que podía mantener a dos o tres vástagos. Además, la posibilidad de que lo despidiesen se le antojaba remota. Hoy, ese mundo de justicia social y de estabilidad se ha desvanecido. O, mejor dicho, ha sido destruido por una cosmopolita plutocracia que ha percibido en la globalización una pintiparada oportunidad de hacer negocio.

En los últimos treinta años, las deslocalizaciones industriales se han sucedido como disparos en un tiroteo. Las empresas descubrieron en Asia mano de obra barata con la que reducir los costes de producción y, en un contexto en el que no había más monarca que el dinero, no dudaron en dejar a sus trabajadores occidentales con una mano delante y otra detrás. Para percatarse de tamaña tragedia, basta con echar un vistazo a las otrora ciudades industriales de Ohio, Pensilvania y Wisconsin: nada queda ahí de ese mundo humeante que a casi todos daba trabajo. Y es que ese mundo humeante emigró a tierras donde los gobiernos le permiten esclavizar a los trabajadores.

Insatisfechos con sus deslocalizaciones, los plutócratas, que son quienes en verdad nos gobiernan, han promovido movimientos migratorios masivos desde países del tercer mundo – especialmente islámicos – hacia los países occidentales. El propósito es igual de ominoso: abaratar la mano de obra. ‘Como los inmigrantes están dispuestos a trabajar por cualquier salario, contratémoslo. Y al trabajador autóctono, que le den’, piensan.

La consecuencia de todo esto es una clase media occidental proletarizada; unos obreros forzados a competir con asiáticos que trabajan dieciséis horas al día por cuatro duros y con inmigrantes que están dispuestos, naturalmente, a aceptar los sueldos más indignos. En este contexto, parece lógico que los trabajadores medios opten por apoyar a esos partidos que plantean una alternativa a ese sistema que los ha arruinado; a ese sistema que, para beneficiar a unos pocos, los ha despojado de todo cuanto tenían.

Algunos plantean, cegados por un inhumano dogmatismo, que los occidentales debemos adaptarnos a las nuevas condiciones económicas y, por tanto, avenirnos a cobrar menos y a trabajar más. Ése es el único modo, dicen, de salvarnos del feroz oleaje de la globalización y el libre comercio. No obstante, la ilegitimidad de este razonamiento es manifiesta, pues trata de acomodar el alma humana a las condiciones; supedita el alma humana a un modelo económico concreto.

El hombre, como piedra angular de la creación divina, debe ser el centro de todo modelo económico. Es la economía la que debe adaptarse al espíritu humano, y no al revés. Si el libre comercio y la globalización son malos para el hombre, peor para el libre comercio y la globalización. 

martes, 14 de febrero de 2017

El PP de Mariano

Al fin, después de tantos años, se ha celebrado este fin de semana el tan anhelado décimo octavo congreso del Partido Popular. Algunos esperaban ingenuamente que éste marcase un antes y un después en la formación, pero lo cierto es que su celebración ha sido fútil, pues nada ha cambiado tras él: se ha reafirmado el poder omnímodo del prócer supremo y se ha obviado todo debate ideológico. Además, el tedioso congreso ha consolidado la conversión del PP en un cártel cuyo único fin – para el que todo medio es válido, incluso la traición a los propios principios – es el poder.

No ha mutado con este congreso la esencia del PP marianil, que no es sino el lacayuno servilismo al mundo posmoderno. Con Rajoy, el PP ha dejado de ser, en materia social y moral, el PSOE con diez o quince años de retraso (como era antes) para tornarse en vanguardia española de los postulados de la ideología de género en particular y del marxismo cultural en general. A pesar de mantener el cínico apellido de ‘humanista cristiano’ (con propósitos puramente electorales), defiende ufano el aborto, el matrimonio homosexual y la imposición de la ideología de género en las aulas, así como abre la puerta – a la espera de que una comisión de ‘expertos’ se pronuncie – a la eutanasia y a los vientres de alquiler. Todo ello auspiciado por una masa de votantes que cada domingo, paradójicamente, se arrodilla en las iglesias rogando a Dios un mundo mejor.

También ha abjurado el PP de Rajoy, acríticamente ovacionado en un congreso devenido en masaje filipino al líder, de la defensa de España misma. Y es que, para aquél, el secesionismo catalán es un mero problema económico, y la consecuencia lógica de las declaraciones de sus más egregios miembros es la disolución de España, una de las tres o cuatro naciones que ha hecho la historia, en ese tiránico superestado que hogaño constituye la Unión Europea. De hecho, no hace demasiado tiempo el jaleado mandatario popular aseveraba, en un reprobable afán de congraciarse con los detractores de Trump, su rotunda oposición a las fronteras.

La dura realidad es que el Partido Popular, con su giro hacia la izquierda, ha tornado la política española en una gran farsa; una gran farsa en la que la pluralidad, elemento indispensable de toda democracia liberal, ha pasado a mejor vida. Y es que, por obra y gracia del PP, todas las personas que sientan sus posaderas en el Parlamento piensan igual en cada uno de los grandes temas que se están discutiendo en el Occidente hodierno. Así, todos, desde Podemos hasta el PP pasando por los adanistas de Ciudadanos, son proclives a ceder soberanía nacional a entidades supranacionales, prefieren inmigración antes que natalidad y se pliegan ante los principios del progresismo moral. Manteniendo, eso sí, un aspaventero debate en los asuntos accesorios; no vaya a ser que el votante se percate de que su democracia ha devenido en despotismo.

viernes, 20 de enero de 2017

Trump o el triunfo del hastío

A pesar del pronóstico de las encuestas, que ya han hecho del error su estado de naturaleza, Trump se impuso en unas elecciones estadounidenses devenidas en marcha triunfal. Y el empresario lo logró a pesar de la unánime oposición de los medios de comunicación estadounidenses, que se sirvieron de los ardides más inmorales para compeler sutilmente a sus lectores a votar por Hillary Clinton, mujer asediada por unos casos de corrupción que habrían tumbado la candidatura de cualquier otro postulante a la Casa Blanca. Nuestros avezados analistas se han afanado en explicar en las últimas semanas, con exasperante suficiencia, tamaña epopeya: “Los americanos han votado a un candidato poco preparado del que sólo se conoce su racismo y su misoginia”, han dicho, sesudos. Sin embargo, lo cierto es que el motivo de la victoria electoral de un personaje como Trump es mucho más simple; tanto es así que es susceptible de sintetizarse en una sola palabra: hastío.

Los modos desafiantes de Trump congeniaron desde el principio con ese americano medio hastiado de la corrección política. No en vano, si algo ha caracterizado durante la campaña al ya presidente electo de EEUU, es ese compromiso – tan displicente para el mundo hodierno – de llamar a las cosas por su nombre, de denunciar lo que antes la sutil tiranía de la corrección política impedía denunciar. Este desafío al orden de las cosas, esta revolución, libró al pueblo estadounidense del temor al estigma (la hoguera del mundo actual). En definitiva, con Trump lanzando rompedoras arengas desde el atril, todos esos insultos con que el pensamiento único vitupera al discrepante – fascista, xenófobo, machista, extremista – se antojaban inocuos.

¿Y de quién emana el discurso políticamente correcto? Sobre todo, de la prensa. El hartazgo de la sociedad estadounidense hacia ésta es tal que cuanto más furibundo era el ataque de los medios a Trump, más respaldo popular parecía recibir éste. Estas elecciones serán recordadas como aquéllas en que se dio sepultura a la indispensable ligazón entre prensa y sociedad, como aquéllas en que los medios dejaron de ser retrato fidedigno del pueblo. Mientras más de doscientos periódicos respaldaron públicamente a Clinton durante la campaña, sólo seis apoyaron a quien luego resultó elegido presidente. La anomalía es manifiesta. La dura realidad es que Trump no ganó las elecciones a pesar de las críticas de los tan desacreditados medios de comunicación, sino precisamente gracias a éstas.

La última esquina de este triángulo del hastío son las élites políticas, punta de lanza del establishment estadounidense. La campaña de Trump tuvo como eje la crítica a unos políticos que han dejado de servir a la gente para servir a los intereses del globalismo, ese movimiento que pretende dinamitar los estados-nación y constituir lo que Soros (gran benefactor de Clinton) denomina “gobierno mundial”. Y, de nuevo, este mensaje caló en un pueblo harto de que el “establishment” le propine puntapiés en las posaderas a base de leyes de ingeniería social, tratados de libre comercio, olas de inmigración y deslocalizaciones industriales. La oposición a esto último, por ejemplo, permitió al magnate ganar la batalla electoral en Michigan y Pensilvania, estados cuya antaño pujante industria ha quedado desmantelada por ese reprobable afán de las grandes corporaciones de abaratar la mano de obra de cualquier manera.

La victoria de Trump es, en cualquier caso, sólo uno de los primeros síntomas del triunfo de la política del hastío. Y es que, este año, el Frente Nacional tratará de conquistar el poder en una Francia devastada por el multiculturalismo. Si lo consigue, ya dispondremos de indicios suficientes para pensar que el hielo de un invierno demasiado largo e inclemente comienza a derretirse, tal y como ocurrió en Narnia cuando Aslan regresó para destruir el reino de terror de la Bruja Blanca.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La farsa de la tolerancia

Uno de los vocablos más pronunciados en el delicuescente mundo occidental es el de “tolerancia”. Lo que, según Chesterton, no es más que la virtud del hombre sin principios es elevado, al menos aparentemente, por la corrección política y sus apóstoles a la condición de virtud suprema; virtud de la que emanan todos los valores democráticos, que no son sino el substitutivo pagano de los diez mandamientos. Sin embargo, a nadie se le escapa que nuestra época – quizá como todas – quiere perpetuar su cosmovisión y que, por tanto, centra todos sus esfuerzos en impedir que florezcan las ideas más perniciosas para aquélla. De este modo, el mundo contemporáneo, al que su proclamada superioridad moral no le permite servirse de los métodos tradicionales de censura, ha ideado eficaces y sutiles formas de proscribir las ideas más inactuales: el estigma intelectual, la marginación social, el descrédito…

A poco que uno trate de comprender la posmodernidad y a sus elites intelectuales, se percatará de que una de sus grandes características es, paradójicamente, la intolerancia. La intolerancia con aquéllos que persiguen cambiar lo esencial de nuestro mundo; con aquéllos que no comulgan – y no tienen reparo en decirlo – con los tres pilares que sustentan el pensamiento dominante hodierno: el globalismo (y el consecuente desprecio por los estados-nación), la ideología de género y el materialismo. Así, quien discute estos grandes dogmas – erigidos, sorprendentemente, en época de relativismo – es inmediatamente confinado al ostracismo social por los medios de comunicación; o, en el mejor de los casos, despachado con una sardónica sonrisa de condescendencia.

En cualquier caso, el Tribunal de la Santa Corrección Política, tan maquiavélico como la serpiente, disimula el fuego de su hoguera repartiendo tolerancia, como se reparten caramelos en la fiesta de cumpleaños de un chiquillo, a quienes discrepan de su cosmovisión sólo en lo accesorio. Tolera – y alaba – a los grandes tiranos comunistas (tengamos presente que vivimos oprimidos por el yugo del marxismo cultural); tolera a los ultraliberales – progres de derechas -que quieren acabar con toda prestación social (son útiles para dinamitar los estados-nación y fomentar los movimientos migratorios masivos); y tolera a ese cristiano modosito y modernísimo que desea “adaptar la Iglesia a los nuevos tiempos” (por ejemplo, éste, aunque tratará de combatir el aborto, concluirá que debe respetar los designios de las mujeres: “yo no lo haría, pero…”). Emergen, así, ideas que parecen contrarias al sistema, pero que en verdad son parte de la alfalfa sistémica con que los promotores del pensamiento único ceban al rebaño.

Desengañémonos. Las constantes apelaciones a la tolerancia que emiten nuestros próceres espirituales no son más que una farsa; una farsa representada con objeto de que las masas adocenadas no caigan en la cuenta de que viven en una tiranía. 

martes, 22 de noviembre de 2016

Fernando Paz: "Las bases sobre las que se celebró el proceso de Núremberg estaban contaminadas"


Antes que contertulio en El Gato al Agua, Fernando Paz es un brillante historiador especializado en la II Guerra Mundial. Hombre al que Dios dotó, entre otros muchos talentos, de una memoria prodigiosa, Paz recoge en Núremberg, juicio al nazismo (su nueva obra) el ambiente que envolvió el proceso judicial más controvertido de la historia, así como los grandes temas que en él se manejaron. Y lo hace aunando, por supuesto, el rigor intelectual propio del académico y el estilo ágil y sencillo que caracteriza al divulgador. Mi Torre de Marfil conversa con él sobre las tremendas convulsiones que agitan el mundo hodierno y sobre su nuevo trabajo, que será recordado como un terremoto que hizo tambalear los frágiles pilares sobre los que se asienta la versión oficial de Núremberg.

¿Por qué se decantó por este tema en concreto, al margen del 70 aniversario de los juicios de Núremberg?

Desde siempre, esta parte de la historia universal me ha atraído mucho y de hecho yo creo que es una de las razones por las que me dediqué a la Historia. La época de la IIGM es mi especialidad, por llamarlo de alguna manera. Me salió la oportunidad a partir de conversaciones con la editorial. Yo me acerqué a ella con otro propósito y al final me acabaron pidiendo este libro; libro que he escrito con un enorme agrado por eso, porque es un terreno que me resulta muy familiar.

¿Qué es lo novedoso que aporta su libro con respecto a otros que se han publicado sobre el mimo tema?

En primer lugar, aunque el libro maneja la bibliografía que se ha publicado en español y también la mayor de la que se ha publicado en inglés, está hecho directamente sobre las actas del juicio. 16.000 folios, lógicamente en inglés, que recogen los interrogatorios que se produjeron a lo largo del juicio por parte de los fiscales, abogados, etc.

Por otro lado, creo que ofrezco un enfoque distinto; un enfoque no estrictamente jurídico, sino más temático, respetando menos la cronología de los acontecimientos y yendo más a los temas que allí se manejaron. Creo, además, que ha pasado suficiente tiempo como para que nos planteemos con honestidad intelectual y con rigor las cosas que allí sucedieron. Y algunos de los hechos que acaecieron en Núremberg, desde la perspectiva actual, pueden ser muy llamativos. En ésas me centro en la primera parte del libro.

El juicio de Núremberg, en definitiva, tal y como el fiscal Jackson dijo, era la prolongación del esfuerzo de guerra aliado. Y bien haríamos en no olvidarlo.


¿Núremberg fue la máxima expresión de la justicia o la tumba de la justicia?

Es complicado. Yo creo que es una cosa un poco intermedia. Termina la IIGM y los vencedores se plantean qué hacer con los vencidos. Se plantean, por ejemplo, fusilarlos…

Stalin propuso fusilar a 50.000…

Sí, y Roosevelt estuvo de acuerdo con la propuesta. Por su parte, Churchill no contempló fusilar a tanta gente, ni mucho menos, pero sí fusilar a los responsables sin juicio previo. Luego Churchill cambió de postura y se desdijo… Yo creo, sinceramente, que el juicio de Núremberg tiene una parte de justicia, pero tiene una parte muy grande injusticia y ésa es una de las cosas que también trato en el libro. En cualquier tribunal nadie aceptaría como válido el que un juez no permitiese que se adujesen testimonios por el hecho de que perjudicasen a los intereses de su causa. Consideremos el caso de las fosas de Katyn: unos 20.000 polacos asesinados. En el juicio se demuestra palpablemente que no fueron los alemanes y no se siguió investigando.

Y otro caso fue el de Noruega, que fue invadida por los nazis, pero cuya invasión ya había sido planeada por los aliados.

Los alemanes se adelantaron 48 horas a la invasión aliada de Noruega. Alemania no tenía ninguna intención de llevar la guerra a Noruega. Había tenido la oportunidad en otoño del 39 incluso de hacerse con el gobierno noruego, pero Hitler no quiso. Lo que sí quería era proteger el hierro de Suecia que salía por el puerto de Narvik y llegaba al norte de Alemania, esencial para la industria de guerra alemana. Bien es verdad que, unos meses después, el hierro sueco no fue tan importante porque se apoderaron de las minas de Alsacia y Lorena al vencer a Francia. De hecho, la operación aliada es concebida como un medio para cortar ese flujo del hierro sueco.

Así, los aliados tuvieron un problema muy serio. No podían acusar a los alemanes de invadir Noruega porque éstos disponían de documentación que demostraba que los aliados habían urdido un plan para invadirla también. Pero claro, acusar a Alemania de todas las invasiones salvo de esa sonaba un tanto extraño.

Cuando pienso en los juicios, me viene a la mente el concepto de justicia de Trasímaco. Esa justicia que no es más que un medio para aumentar el poder de los fuertes y mantener sometidos a los débiles. ¿Núremberg fue una pantomima?

En honor a la verdad, el comportamiento de los jueces fue bastante digno, por lo que no diría yo que en la actitud del Tribunal se produjese una pantomima. No obstante, es cierto que con algunos de los casos citados antes no fue así. Por lo tanto, yo no lo calificaría de farsa, pero sí es verdad que las bases sobre las que se celebró el Juicio estaban ya contaminadas. Creo que, acerca de eso, hay muy poca duda; entre otras cosas porque algunas de las imputaciones sobre los alemanes no estaban tipificadas como delito con su correspondiente pena. Por ejemplo, la guerra de agresión no estaba considerada como un delito y, además, de haberse considerado como tal, todos los acusadores habrían debido estar también imputados por él.

Toda la legislación sobre ese tema es posterior, ¿no? Se habían firmado tratados, pero no había ninguna pena tipificada.

Exacto. Con lo cual, no tenía más valor que el de la condena puramente moral. Apelar a una legislación sin penas tipificadas y sin capacidad coercitiva tiene poco sentido. Había delitos que sí se podían arbitrar.

Pero por un tribunal ordinario.

Claro, por un tribunal ordinario, no por uno internacional. El gran problema del Juicio de Núremberg es que lo ejercieron los vencedores sobre los vencidos. No se juzgaron crímenes de guerra, los hubiese cometido quien los hubiese cometido, sino que solamente se juzgaron los crímenes perpetrados por los derrotados. Esto es, los alemanes. Desde cierto punto de vista, es una burla a la justicia.

Por tanto, fue un juicio parcial.

Fue un juicio evidentemente parcial. Sobre eso yo creo que hay pocas dudas. Se podrían haber investigado todos los crímenes de guerra, o bien se podría haber hecho por parte de países neutrales, o bien por tribunales integrados por todos.

"La guerra era lo último que le interesaba a Hitler en 1939"

¿Por qué se descartó la opción de que los alemanes fuesen juzgados por tribunales ordinarios?

Representaba un gran problema. Por ejemplo, un crimen que hubiesen perpetrado los alemanes en Rusia sobre población polaca. El problema de la territorialidad fue muy grande, sin duda ninguna, y se solventó por medio de la creación el tribunal militar internacional.

En el libro sugiere que la acusación de conspiración contra la paz tenía poco fundamento.

Desde el punto de vista jurídico, no existía tal cargo. Y, desde el punto de vista histórico, Hitler nunca quiso una segunda guerra mundial. Su planteamiento era, como mucho, llegar a una guerra con la Unión Soviética que fuese precedida por unos pequeños conflictos en el este de Europa. A pesar de que Hitler escribiese en “Mi lucha” su deseo de conquistar los espacios del este para asentar a la población alemana, es más que probable que Hitler hubiera estado dispuesto a revisar sus posiciones porque en el verano y el otoño de 1940 llegó a plantearse una convivencia con la rusa soviética y repartirse ambos Oriente Medio, Europa y Asia. Por lo tanto, las posiciones de Hitler no fueron nunca irrevocables, era un hombre extraordinariamente adaptable en ese sentido. La guerra era lo último que le interesaba a Alemania en 1939, más que nada porque no estaba preparada.

Entonces, la acusación sobre Von Neurath tampoco tenía demasiado sentido, ¿no?

Ninguno. Hay que entender que Von Neurath era diplomático, ministro de exteriores, de una Alemania que, en aquel momento, estaba revisando la política de Versalles, no preparando una guerra mundial. En ese sentido, el grave problema de la acusación en Núremberg es la forma que le dieron los americanos (Jackson). Era un disparate pensar que, desde el principio, los nazis habían estado conspirando para para llegar a una guerra mundial.

Otra acusación con exiguo fundamento fue la de Julius Streicher. ¿Cómo se explica?

 El problema de Streicher, furibundo antisemita, es que era un hombre que suscitaba una enorme antipatía y, lógicamente, no iba a encontrar a nadie dispuesto a defenderlo. Lo que hacía Streicher, desde el punto de vista moral, resulta repugnante. Una cosa es eso y otra, bien distinta, que acabara en la horca. Streicher dejó de tener responsabilidad en agosto de 1940 y, por lo que sabemos, los planes más concretos de exterminio tomaron forma en enero del 42.  Sí es cierto que contribuyó a la gestación de un clima general de antisemitismo, pero no fue ni el primero ni el último ni el más importante. La publicación que dirigía, “Der Stürmer” (“El Asaltante”), era una publicación desagradable por muchas cuestiones, pero él no era responsable directo del exterminio. Ni muchísimo menos.



 Los de Charlie Hebdo también habrían acabado en la horca, entonces.

Efectivamente. El otro día en una entrevista citaba yo justamente ese ejemplo. Sería como condenar a muerte hoy a los trabajadores de Charlie Hebdo; revista que a una gran parte de la gente le resulta profundamente repugnante.  

Una de las estrellas del juicio fue Göring. Dice usted que su última victoria fue el suicidio…

Sin duda ninguna. En los juicios hubo dos estrellas entre los alemanes, que fueron Speer y Göring. Speer era una persona tremendamente inteligente cuyo don de gentes le valió para ganarse al tribunal, atraerlo a su posición y, como consecuencia, salvar la vida. Y eso que tenía, desde el punto de vista militar, mayor responsabilidad que muchos de los ahorcados.

Y luego tenemos el caso de Göring, un hombre extraordinariamente brillante. Los americanos cometieron un error con él al retirarle la morfina que tomaba desde hacía 23 años a raíz del Putchs de Muchich, cuando sufrió una herida. Al retirarle la morfina, el viejo héroe de la época gloriosa de la lucha por el poder de los nazis reverdeció, convirtiéndose en un peligro público. Incluso logró atraerse la simpatía del Tribunal.

"Henry Morgenthau, secretario de Estado de Estados Unidos durante la IIGM, propuso la aniquilación de los alemanes con toda seriedad"

Además, Göring se aprovechó de su conocimiento del inglés…

Claro. Göring era muy listo. Entendía muy bien el inglés. Así, cuando el fiscal Jackson le formulaba las preguntas en ese idioma, él esperaba a que las tradujeran al alemán. No para entenderlas, sino para disponer de más tiempo para meditar la respuesta. En cambio, Jackson no comprendía el alemán y Göring le dejó en evidencia en bastantes ocasiones. Quizá no era el fiscal ideal, pese a estar muy valorado en Estados Unidos, para el proceso de Núremberg.

Si Núremberg hubiese sido un juicio imparcial, ¿Henry Morgenthau habría sido juzgado allí por sus acciones y propuestas?

Desde luego. Henry Morgenthau, secretario de Estado de EEUU por aquel entonces, propuso con toda seriedad la aniquilación de los alemanes; aniquilación que debía llevarse a cabo, según él, esterilizando a los varones y obligando a las mujeres alemanas, por tanto, a engendrar con gente venida de otros pueblos. Lo más grave del asunto fue que Roosevelt acogiera su iniciativa con entusiasmo. En ese sentido, fue también uno de los cerebros de la política que se practicó después de la IIGM y que le costó la vida a cientos de miles de alemanes. El Plan Morgethau no se aplicó a rajatabla, pero sí en parte. Él no era mejor que algunos líderes nazis.

En la primera parte del libro, afirma que Churchill no sólo era antinazi, sino que también había en él una pulsión antigermana.

Ciertamente. Churchill fue antialemán hasta el absurdo; él mismo -porque era inteligente y cuando lo eres el fanatismo suele durar poco- se dio cuenta, hacia el final de la guerra, de lo que estaba sucediendo y de aquello a lo que su antigermanismo había contribuido: a prolongar la guerra innecesariamente.

En este sentido, cabe apuntar que la IIGM no comenzó por ninguna razón moral: el tema de los judíos no pinta absolutamente nada en esto y otras cuestiones, como la defensa de la democracia, tampoco.  Empezó por una cuestión de pura geoestrategia. Gran Bretaña, desde Isabel I, había venido desarrollando una política realista que consistía en que en el continente europeo hubiera un equilibrio de poder – sin que ningún Estado sobresaliese - mientras ellos se ocupaban del resto del mundo. De esa manera, la hegemonía mundial no era disputaba por nadie. La Segunda Guerra Mundial estalló, en parte, porque Alemania rompió el equilibro de Europa, Hitler dio demasiados pasos y demasiado rápido

De hecho, Polonia, que es la excusa o causa de la guerra, se la repartieron entre Alemania y la Unión Soviética, y Gran Bretaña y Francia sólo declararon la guerra a Alemania. Pero es que, a continuación, la Unión Soviética atacó Finlandia y tampoco le declararon la guerra. Y en el verano de 1940 atacó a Estonia, Letonia y Lituania y tampoco entonces decidieron los aliados declararle la guerra a la URSS. Es evidente que los aliados no emprendieron la guerra por una cuestión moral. Por tanto, hay que aceptar que la IIGM comenzó por una cuestión geoestratégica. 

¿Por qué, desde el punto de vista de la geoestrategia, a Gran Bretaña no le importaba que la URSS invadiese esos territorios y sí que Alemania invadiese Polonia?

Es complicado de explicar. Cuando Göring se entregó el 5 de mayo de 1945, les espetó a sus captores: “Habéis organizado una guerra para evitar que Alemania entrase en el Este, y lo que habéis conseguido es tener a los rusos en el Elba”. Los británicos trataron de evitar que Alemania se convirtiese en una potencia hegemónica en Europa, pero no consiguieron evitar que lo URSS hiciese eso mismo, porque se desataron una serie de fuerzas que fueron incapaces de controlar.

En la primera parte del libro, cuenta que Churchill tuvo oportunidades de alcanzar una paz con Alemania y acabar antes con la guerra, pero no lo hizo…

En el Consejo de Ministros del 27 de mayo de 1940 se planteó muy seriamente alcanzar ese acuerdo. Finalmente no lo hizo porque pensó que se interpretaría como un acto de debilidad.  Lo cierto es que llevó demasiado lejos su “germanofobia”.

¿Qué papel desempeñó Vansitartt en la política exterior germanófoba de Churchill?

Un papel básico. Tengamos en cuenta que en Gran Bretaña hay una serie de funcionarios que permanecen, vayan o vengan los políticos. Ejemplo de esto, en el Ministerio de Exteriores, eran Roberts, Mekins y el propio Vansitartt. Éstos fueron de facto los que dirigieron la política británica. Vansitartt era un furibundo “antigermano”. Iba más allá del odio al nazismo; el suyo era un rechazo a lo específicamente alemán.

De hecho, solían decir que el nazismo era la máxima expresión del espíritu alemán, ¿no?

Eso es. O sea, que pensaban igual que Hitler (Risas).

"Comparar a Trump con Hitler es un disparate que no merece más que una sonrisa condescendiente"

¿La corrección política y el miedo al estigma hacen difícil escribir sobre Núremberg con honestidad intelectual?

Rotundamente sí. Si te importa mucho, mejor no lo hagas. Es un tema tabú, un tema del que no se puede hablar y en el cual tratar de encontrar el punto que uno considera justo suscita las peores sospechas. Además, muchos historiadores tienen miedo a las acusaciones porque hoy el estigma social es más grave que nunca.

Como la hoguera, ¿no?

Así es, es el equivalente contemporáneo a la hoguera. Y de hecho es un tema que nadie quiere tocar.



Hablemos del mundo actual. Hay gente que compara a Hitler con el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump.

Es un disparate que no merece más que una sonrisa condescendiente. Con Trump, se ha mentido de forma abierta; si analizamos mínimamente las imputaciones que le hacen los medios de comunicación, nos daremos cuenta de que son de risa. Y esto ha ocurrido porque plantea algunas cosas que son muy dañinas para el “statu quo”. ¿Por qué? Porque al final todo lo que está pasando en el mundo (soy consciente de que es una simplificación) se puede reducir a un enfrentamiento entre mundialistas y soberanistas. Aquéllos representan el “statu quo” y éstos una rebelión contra él. Trump, al mostrar su propósito de proteger la industria y a las clases trabajadoras estadounidenses, se está posicionando muy claramente contra este proyecto guiado por Wall Street, los Clinton, Soros, etc.

También tildan de fascistas y nazis a los partidos de derecha alternativa que están avanzando en Europa. ¿La situación del Viejo Continente es una vuelta a los años 30 o el grito de los europeos contra la corrección política y la globalización?

Lo segundo, sin duda. Con las acusaciones que el sistema lanza sobre estos partidos, lo que demuestran es el miedo que tiene. Indudablemente se trata de partidos muy variopintos (Fidesz no tiene demasiado que ver con el Frente Nacional francés) que muchas veces sólo tienen en común el soberanismo. Pero esta conexión entre los partidos es la básica, sobre todo a ojos del poder establecido. No es, ni mucho menos, la reedición de nada. El soberanismo y el patriotismo han existido antes y después del fascismo. Eso no quita que en estos partidos pueda haber partidarios del fascismo.

¿Por qué en España no triunfa ningún movimiento de este tipo? ¿Por el complejo del franquismo, porque el PP tiene secuestrada a la derecha social, por la presión que ejercen los medios de comunicación sobre la sociedad…?

 En la pregunta está implícita la respuesta. Por todo eso. Hay factores que se van debilitando con el paso del tiempo, pues las generaciones que van viniendo ya no los sufren. Este es el caso del complejo del franquismo. Cabe mencionar otros factores como la cultura política, que en España es muy baja. Hay dos circunstancias, además, que en otros países han provocado el auge de estos partidos y que en España no se han dado: por un lado, la inmigración islámica masiva y, por otro lado, la eurofobia. Los españoles seguimos contemplando Europa como ese mito del progreso. Sin embargo, esto va paulatinamente cambiando.

Nuestra época ha revivido algunas de las peores cosas de la Alemania nazi, como la eutanasia y la eugenesia (con el aborto). ¿Estamos legitimados para condenar el nazismo?
Sin duda ninguna estamos reproduciendo algunos de los peores crímenes del nazismo. De fondo, la posmodernidad comparte con el nazismo el desprecio a la vida humana; considera, como éste, que hay vidas indignas de ser vividas.


La experiencia de los campos de concentración vacunó al mundo durante un tiempo contra prácticas como la eutanasia y la eugenesia; prácticas que, por cierto, eran anteriores al nazismo y se practicaban en países como Estados Unidos y Suecia. Pasadas tres generaciones, hemos perdido la memoria de ese horror y estas prácticas que se paralizaron tras la Segunda Guerra Mundial se han recuperado como parte de la ideología europea.