domingo, 3 de septiembre de 2017

Por un patriotismo irracional


El amor por la patria debiera ser como el amor que el padre profesa a su hijo; un amor incondicional, que no atienda motivos o razones

Si algo hemos de agradecerle a los secesionismos catalán y vasco, es que ponen de manifiesto a diario la contumaz torpeza de una clase política española que se halla anclada en ese afán de suicidio llamado cortoplacismo. Ante los constantes desafíos de la avara burguesía catalana (y de esa izquierda exaltada y maloliente que le hace el trabajo sucio), nuestros políticos, sin apenas distinción de partidos, se afanan en enumerar motivos, razones, por los que Cataluña debería permanecer en España, unidad política generalmente motejada como ‘Este País’. Así, disertan, con esa irritante petulancia que sólo el ignorante puede exhibir, sobre lo desconcertante de que un grupo de personas quiera destruir una nación grandiosa, democrática, próspera y estupenda como España.

Quien haya leído a Chesterton advertirá al instante la debilidad de esta viciada argumentación: que abre la puerta a que España sea descuartizada cuando deje de reunir las condiciones citadas. Cuando nuestra patria deje de ser democrática, el separatista catalán o vasco de turno reclamará una inmediata ‘desconexión’. Cuando deje de ser próspera, habrá ingentes liberales que divaguen sobre la conveniencia de disolverla. Cuando deje de ser grande, no quedará nadie que defienda el imperativo moral que preservarla constituye. Y esta tragedia será responsabilidad de quienes, durante años, predicaron una suerte de amor racional.

El amor por la patria debiera ser como el amor que el padre profesa a su hijo; un amor incondicional, que no atienda motivos o razones. Un vástago, como un progenitor, no es amado por su estatura, su inteligencia, o por su habilidad para tal o cual deporte. Es querido por el mero hecho de que existe. Del mismo modo debería ocurrir con la nación, que es una realidad que nos viene dada; una realidad que deberíamos afanarnos en perfeccionar cada día.


Nuestra patria sólo pervivirá si a los niños – ya sea en las escuelas o en casa – se les enseña a amarla incondicionalmente, cual si de un regalo divino se tratara. No debemos amar España porque sea grande, democrática o próspera, sino por el mero hecho de que es española. Y, cuando amemos a España por ser española, se tornará grande, democrática y próspera. 

lunes, 12 de junio de 2017

El problema es Europa

El 3 de junio, cuando el sol ya había caído y la luna se había adueñado de la ciudad del Támesis, el grito que todos los europeos temen – ‘Alá es grande’ – volvió a resonar en uno de los lugares en que ha venido resonando con mayor asiduidad y estruendo. Tres musulmanes, con la determinación propia de quien cree estar cumpliendo el designio divino, arrollaron, sirviéndose de una furgoneta, a tantos viandantes como pudieron e, inmediatamente después, acuchillaron a todo infiel que se interpuso en su camino. Los yihadistas perpetraron tamaña carnicería sin piedad, pues ésta es una virtud esencialmente cristiana; sin hacer distinciones entre hombres y mujeres, pues éstos, en caso de no creer en Alá, son igualmente indignos.

Relatado esto, erraríamos si concluyésemos que el hodierno problema reside exclusivamente en el islam. Y es que los atentados están siendo perpetrados en una Europa que, con el paso de los años, se ha tornado en un gran geriátrico que observa eso de reproducirse como el estúpido atavismo de un tiempo superado; en una Europa que, contaminada por la ingeniería social que políticos e intelectuales pergeñan desde la comodidad de sus despachos, ha desmantelado la tradicional estructura familiar y, por tanto, la más primitiva forma de comunidad humana. Los yihadistas atacan a una sociedad que reniega de la virtud y en la que el placer es percibido como única fuente de felicidad; a una sociedad que se ha sublevado contra sus propias raíces y que exhibe excesiva tolerancia para con las ajenas.

Europa ya se ha enfrentado al islam: el Siglo XVI y una buena parte del XVII constituyeron un ininterrumpido asedio otomano. No obstante, la situación era, entonces, mucho más esperanzadora para la civilización, pues los motivos por los que morir eran evidentes: religión, patria, familia… La lucha contra el sarraceno merecía la pena a ojos de un europeo que no quería renunciar a adorar a su Dios. Hogaño, desmanteladas esas grandes ideas que enardecían los corazones de nuestros ancestros, el hombre occidental no tiene más ideas que defender que la democracia, el derecho a la pornografía y los derechos elegetebé, base de su endeble construcción cultural. Y, como se podrán imaginar, tales valores no mueven sino a la inacción y a la pasividad; nadie entregaría su vida por un simple sistema político, y mucho menos por el ‘derecho’ a cambiar de sexo.


A Roma no la derribaron los bárbaros, sino la decrepitud moral de los romanos. Cualquier reacción contra el islam que no pretenda eliminar el legado posmoderno – que es precisamente el que ha hecho de la media luna una amenaza para nuestra supervivencia – no será más que la pataleta de un infante ante una situación que le disgusta. 

sábado, 27 de mayo de 2017

Por una economía al servicio del hombre corriente

Por toda Europa están emergiendo partidos políticos que denuncian los efectos perniciosos de los movimientos migratorios masivos y de la globalización para las clases medias y bajas occidentales. Estos partidos, que han hecho de la defensa del Estado- Nación su más representativa bandera, son motejados por las formaciones tradicionales – las sistémicas – de ‘populistas’ y ‘extremistas’. No obstante, merece la pena preguntarse cuáles son los motivos que los han alzado, pues los movimientos políticos no son producto de mentes arbitrarias que repentinamente deciden crear un sistema de ideas, sino que responden realidades sociales concretas. Así, el comunismo nació cuando los obreros, como consecuencia de sus miserables condiciones laborales, deseaban volver a ser vasallos; así, el fascismo surgió cuando las ideas liberales eran constantemente cuestionadas como resultado de la I Guerra Mundial y sus efectos colaterales.

Hace unos años, el obrero occidental se ganaba la vida en una fábrica y tenía un salario digno con el que podía mantener a dos o tres vástagos. Además, la posibilidad de que lo despidiesen se le antojaba remota. Hoy, ese mundo de justicia social y de estabilidad se ha desvanecido. O, mejor dicho, ha sido destruido por una cosmopolita plutocracia que ha percibido en la globalización una pintiparada oportunidad de hacer negocio.

En los últimos treinta años, las deslocalizaciones industriales se han sucedido como disparos en un tiroteo. Las empresas descubrieron en Asia mano de obra barata con la que reducir los costes de producción y, en un contexto en el que no había más monarca que el dinero, no dudaron en dejar a sus trabajadores occidentales con una mano delante y otra detrás. Para percatarse de tamaña tragedia, basta con echar un vistazo a las otrora ciudades industriales de Ohio, Pensilvania y Wisconsin: nada queda ahí de ese mundo humeante que a casi todos daba trabajo. Y es que ese mundo humeante emigró a tierras donde los gobiernos le permiten esclavizar a los trabajadores.

Insatisfechos con sus deslocalizaciones, los plutócratas, que son quienes en verdad nos gobiernan, han promovido movimientos migratorios masivos desde países del tercer mundo – especialmente islámicos – hacia los países occidentales. El propósito es igual de ominoso: abaratar la mano de obra. ‘Como los inmigrantes están dispuestos a trabajar por cualquier salario, contratémoslo. Y al trabajador autóctono, que le den’, piensan.

La consecuencia de todo esto es una clase media occidental proletarizada; unos obreros forzados a competir con asiáticos que trabajan dieciséis horas al día por cuatro duros y con inmigrantes que están dispuestos, naturalmente, a aceptar los sueldos más indignos. En este contexto, parece lógico que los trabajadores medios opten por apoyar a esos partidos que plantean una alternativa a ese sistema que los ha arruinado; a ese sistema que, para beneficiar a unos pocos, los ha despojado de todo cuanto tenían.

Algunos plantean, cegados por un inhumano dogmatismo, que los occidentales debemos adaptarnos a las nuevas condiciones económicas y, por tanto, avenirnos a cobrar menos y a trabajar más. Ése es el único modo, dicen, de salvarnos del feroz oleaje de la globalización y el libre comercio. No obstante, la ilegitimidad de este razonamiento es manifiesta, pues trata de acomodar el alma humana a las condiciones; supedita el alma humana a un modelo económico concreto.

El hombre, como piedra angular de la creación divina, debe ser el centro de todo modelo económico. Es la economía la que debe adaptarse al espíritu humano, y no al revés. Si el libre comercio y la globalización son malos para el hombre, peor para el libre comercio y la globalización. 

martes, 14 de febrero de 2017

El PP de Mariano

Al fin, después de tantos años, se ha celebrado este fin de semana el tan anhelado décimo octavo congreso del Partido Popular. Algunos esperaban ingenuamente que éste marcase un antes y un después en la formación, pero lo cierto es que su celebración ha sido fútil, pues nada ha cambiado tras él: se ha reafirmado el poder omnímodo del prócer supremo y se ha obviado todo debate ideológico. Además, el tedioso congreso ha consolidado la conversión del PP en un cártel cuyo único fin – para el que todo medio es válido, incluso la traición a los propios principios – es el poder.

No ha mutado con este congreso la esencia del PP marianil, que no es sino el lacayuno servilismo al mundo posmoderno. Con Rajoy, el PP ha dejado de ser, en materia social y moral, el PSOE con diez o quince años de retraso (como era antes) para tornarse en vanguardia española de los postulados de la ideología de género en particular y del marxismo cultural en general. A pesar de mantener el cínico apellido de ‘humanista cristiano’ (con propósitos puramente electorales), defiende ufano el aborto, el matrimonio homosexual y la imposición de la ideología de género en las aulas, así como abre la puerta – a la espera de que una comisión de ‘expertos’ se pronuncie – a la eutanasia y a los vientres de alquiler. Todo ello auspiciado por una masa de votantes que cada domingo, paradójicamente, se arrodilla en las iglesias rogando a Dios un mundo mejor.

También ha abjurado el PP de Rajoy, acríticamente ovacionado en un congreso devenido en masaje filipino al líder, de la defensa de España misma. Y es que, para aquél, el secesionismo catalán es un mero problema económico, y la consecuencia lógica de las declaraciones de sus más egregios miembros es la disolución de España, una de las tres o cuatro naciones que ha hecho la historia, en ese tiránico superestado que hogaño constituye la Unión Europea. De hecho, no hace demasiado tiempo el jaleado mandatario popular aseveraba, en un reprobable afán de congraciarse con los detractores de Trump, su rotunda oposición a las fronteras.

La dura realidad es que el Partido Popular, con su giro hacia la izquierda, ha tornado la política española en una gran farsa; una gran farsa en la que la pluralidad, elemento indispensable de toda democracia liberal, ha pasado a mejor vida. Y es que, por obra y gracia del PP, todas las personas que sientan sus posaderas en el Parlamento piensan igual en cada uno de los grandes temas que se están discutiendo en el Occidente hodierno. Así, todos, desde Podemos hasta el PP pasando por los adanistas de Ciudadanos, son proclives a ceder soberanía nacional a entidades supranacionales, prefieren inmigración antes que natalidad y se pliegan ante los principios del progresismo moral. Manteniendo, eso sí, un aspaventero debate en los asuntos accesorios; no vaya a ser que el votante se percate de que su democracia ha devenido en despotismo.

viernes, 20 de enero de 2017

Trump o el triunfo del hastío

A pesar del pronóstico de las encuestas, que ya han hecho del error su estado de naturaleza, Trump se impuso en unas elecciones estadounidenses devenidas en marcha triunfal. Y el empresario lo logró a pesar de la unánime oposición de los medios de comunicación estadounidenses, que se sirvieron de los ardides más inmorales para compeler sutilmente a sus lectores a votar por Hillary Clinton, mujer asediada por unos casos de corrupción que habrían tumbado la candidatura de cualquier otro postulante a la Casa Blanca. Nuestros avezados analistas se han afanado en explicar en las últimas semanas, con exasperante suficiencia, tamaña epopeya: “Los americanos han votado a un candidato poco preparado del que sólo se conoce su racismo y su misoginia”, han dicho, sesudos. Sin embargo, lo cierto es que el motivo de la victoria electoral de un personaje como Trump es mucho más simple; tanto es así que es susceptible de sintetizarse en una sola palabra: hastío.

Los modos desafiantes de Trump congeniaron desde el principio con ese americano medio hastiado de la corrección política. No en vano, si algo ha caracterizado durante la campaña al ya presidente electo de EEUU, es ese compromiso – tan displicente para el mundo hodierno – de llamar a las cosas por su nombre, de denunciar lo que antes la sutil tiranía de la corrección política impedía denunciar. Este desafío al orden de las cosas, esta revolución, libró al pueblo estadounidense del temor al estigma (la hoguera del mundo actual). En definitiva, con Trump lanzando rompedoras arengas desde el atril, todos esos insultos con que el pensamiento único vitupera al discrepante – fascista, xenófobo, machista, extremista – se antojaban inocuos.

¿Y de quién emana el discurso políticamente correcto? Sobre todo, de la prensa. El hartazgo de la sociedad estadounidense hacia ésta es tal que cuanto más furibundo era el ataque de los medios a Trump, más respaldo popular parecía recibir éste. Estas elecciones serán recordadas como aquéllas en que se dio sepultura a la indispensable ligazón entre prensa y sociedad, como aquéllas en que los medios dejaron de ser retrato fidedigno del pueblo. Mientras más de doscientos periódicos respaldaron públicamente a Clinton durante la campaña, sólo seis apoyaron a quien luego resultó elegido presidente. La anomalía es manifiesta. La dura realidad es que Trump no ganó las elecciones a pesar de las críticas de los tan desacreditados medios de comunicación, sino precisamente gracias a éstas.

La última esquina de este triángulo del hastío son las élites políticas, punta de lanza del establishment estadounidense. La campaña de Trump tuvo como eje la crítica a unos políticos que han dejado de servir a la gente para servir a los intereses del globalismo, ese movimiento que pretende dinamitar los estados-nación y constituir lo que Soros (gran benefactor de Clinton) denomina “gobierno mundial”. Y, de nuevo, este mensaje caló en un pueblo harto de que el “establishment” le propine puntapiés en las posaderas a base de leyes de ingeniería social, tratados de libre comercio, olas de inmigración y deslocalizaciones industriales. La oposición a esto último, por ejemplo, permitió al magnate ganar la batalla electoral en Michigan y Pensilvania, estados cuya antaño pujante industria ha quedado desmantelada por ese reprobable afán de las grandes corporaciones de abaratar la mano de obra de cualquier manera.

La victoria de Trump es, en cualquier caso, sólo uno de los primeros síntomas del triunfo de la política del hastío. Y es que, este año, el Frente Nacional tratará de conquistar el poder en una Francia devastada por el multiculturalismo. Si lo consigue, ya dispondremos de indicios suficientes para pensar que el hielo de un invierno demasiado largo e inclemente comienza a derretirse, tal y como ocurrió en Narnia cuando Aslan regresó para destruir el reino de terror de la Bruja Blanca.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La farsa de la tolerancia

Uno de los vocablos más pronunciados en el delicuescente mundo occidental es el de “tolerancia”. Lo que, según Chesterton, no es más que la virtud del hombre sin principios es elevado, al menos aparentemente, por la corrección política y sus apóstoles a la condición de virtud suprema; virtud de la que emanan todos los valores democráticos, que no son sino el substitutivo pagano de los diez mandamientos. Sin embargo, a nadie se le escapa que nuestra época – quizá como todas – quiere perpetuar su cosmovisión y que, por tanto, centra todos sus esfuerzos en impedir que florezcan las ideas más perniciosas para aquélla. De este modo, el mundo contemporáneo, al que su proclamada superioridad moral no le permite servirse de los métodos tradicionales de censura, ha ideado eficaces y sutiles formas de proscribir las ideas más inactuales: el estigma intelectual, la marginación social, el descrédito…

A poco que uno trate de comprender la posmodernidad y a sus elites intelectuales, se percatará de que una de sus grandes características es, paradójicamente, la intolerancia. La intolerancia con aquéllos que persiguen cambiar lo esencial de nuestro mundo; con aquéllos que no comulgan – y no tienen reparo en decirlo – con los tres pilares que sustentan el pensamiento dominante hodierno: el globalismo (y el consecuente desprecio por los estados-nación), la ideología de género y el materialismo. Así, quien discute estos grandes dogmas – erigidos, sorprendentemente, en época de relativismo – es inmediatamente confinado al ostracismo social por los medios de comunicación; o, en el mejor de los casos, despachado con una sardónica sonrisa de conmiseración.

En cualquier caso, el Tribunal de la Santa Corrección Política, tan maquiavélico como la serpiente, disimula el fuego de su hoguera repartiendo tolerancia, como se reparten caramelos en la fiesta de cumpleaños de un chiquillo, a quienes discrepan de su cosmovisión sólo en lo accesorio. Tolera – y alaba – a los grandes tiranos comunistas (tengamos presente que vivimos oprimidos por el yugo del marxismo cultural); tolera a los ultraliberales – progres de derechas -que quieren acabar con toda prestación social (son útiles para dinamitar los estados-nación y fomentar los movimientos migratorios masivos); y tolera a ese cristiano modosito y modernísimo que desea “adaptar la Iglesia a los nuevos tiempos” (por ejemplo, éste, aunque tratará de combatir el aborto, concluirá que debe respetar los designios de las mujeres: “yo no lo haría, pero…”). Emergen, así, ideas que parecen contrarias al sistema, pero que en verdad son parte de la alfalfa sistémica con que los promotores del pensamiento único ceban al rebaño.

Desengañémonos. Las constantes apelaciones a la tolerancia que emiten nuestros próceres espirituales no son más que una farsa; una farsa representada con objeto de que las masas adocenadas no caigan en la cuenta de que viven en una tiranía. 

martes, 22 de noviembre de 2016

Fernando Paz: "Las bases sobre las que se celebró el proceso de Núremberg estaban contaminadas"


Antes que contertulio en El Gato al Agua, Fernando Paz es un brillante historiador especializado en la II Guerra Mundial. Hombre al que Dios dotó, entre otros muchos talentos, de una memoria prodigiosa, Paz recoge en Núremberg, juicio al nazismo (su nueva obra) el ambiente que envolvió el proceso judicial más controvertido de la historia, así como los grandes temas que en él se manejaron. Y lo hace aunando, por supuesto, el rigor intelectual propio del académico y el estilo ágil y sencillo que caracteriza al divulgador. Mi Torre de Marfil conversa con él sobre las tremendas convulsiones que agitan el mundo hodierno y sobre su nuevo trabajo, que será recordado como un terremoto que hizo tambalear los frágiles pilares sobre los que se asienta la versión oficial de Núremberg.

¿Por qué se decantó por este tema en concreto, al margen del 70 aniversario de los juicios de Núremberg?

Desde siempre, esta parte de la historia universal me ha atraído mucho y de hecho yo creo que es una de las razones por las que me dediqué a la Historia. La época de la IIGM es mi especialidad, por llamarlo de alguna manera. Me salió la oportunidad a partir de conversaciones con la editorial. Yo me acerqué a ella con otro propósito y al final me acabaron pidiendo este libro; libro que he escrito con un enorme agrado por eso, porque es un terreno que me resulta muy familiar.

¿Qué es lo novedoso que aporta su libro con respecto a otros que se han publicado sobre el mimo tema?

En primer lugar, aunque el libro maneja la bibliografía que se ha publicado en español y también la mayor de la que se ha publicado en inglés, está hecho directamente sobre las actas del juicio. 16.000 folios, lógicamente en inglés, que recogen los interrogatorios que se produjeron a lo largo del juicio por parte de los fiscales, abogados, etc.

Por otro lado, creo que ofrezco un enfoque distinto; un enfoque no estrictamente jurídico, sino más temático, respetando menos la cronología de los acontecimientos y yendo más a los temas que allí se manejaron. Creo, además, que ha pasado suficiente tiempo como para que nos planteemos con honestidad intelectual y con rigor las cosas que allí sucedieron. Y algunos de los hechos que acaecieron en Núremberg, desde la perspectiva actual, pueden ser muy llamativos. En ésas me centro en la primera parte del libro.

El juicio de Núremberg, en definitiva, tal y como el fiscal Jackson dijo, era la prolongación del esfuerzo de guerra aliado. Y bien haríamos en no olvidarlo.


¿Núremberg fue la máxima expresión de la justicia o la tumba de la justicia?

Es complicado. Yo creo que es una cosa un poco intermedia. Termina la IIGM y los vencedores se plantean qué hacer con los vencidos. Se plantean, por ejemplo, fusilarlos…

Stalin propuso fusilar a 50.000…

Sí, y Roosevelt estuvo de acuerdo con la propuesta. Por su parte, Churchill no contempló fusilar a tanta gente, ni mucho menos, pero sí fusilar a los responsables sin juicio previo. Luego Churchill cambió de postura y se desdijo… Yo creo, sinceramente, que el juicio de Núremberg tiene una parte de justicia, pero tiene una parte muy grande injusticia y ésa es una de las cosas que también trato en el libro. En cualquier tribunal nadie aceptaría como válido el que un juez no permitiese que se adujesen testimonios por el hecho de que perjudicasen a los intereses de su causa. Consideremos el caso de las fosas de Katyn: unos 20.000 polacos asesinados. En el juicio se demuestra palpablemente que no fueron los alemanes y no se siguió investigando.

Y otro caso fue el de Noruega, que fue invadida por los nazis, pero cuya invasión ya había sido planeada por los aliados.

Los alemanes se adelantaron 48 horas a la invasión aliada de Noruega. Alemania no tenía ninguna intención de llevar la guerra a Noruega. Había tenido la oportunidad en otoño del 39 incluso de hacerse con el gobierno noruego, pero Hitler no quiso. Lo que sí quería era proteger el hierro de Suecia que salía por el puerto de Narvik y llegaba al norte de Alemania, esencial para la industria de guerra alemana. Bien es verdad que, unos meses después, el hierro sueco no fue tan importante porque se apoderaron de las minas de Alsacia y Lorena al vencer a Francia. De hecho, la operación aliada es concebida como un medio para cortar ese flujo del hierro sueco.

Así, los aliados tuvieron un problema muy serio. No podían acusar a los alemanes de invadir Noruega porque éstos disponían de documentación que demostraba que los aliados habían urdido un plan para invadirla también. Pero claro, acusar a Alemania de todas las invasiones salvo de esa sonaba un tanto extraño.

Cuando pienso en los juicios, me viene a la mente el concepto de justicia de Trasímaco. Esa justicia que no es más que un medio para aumentar el poder de los fuertes y mantener sometidos a los débiles. ¿Núremberg fue una pantomima?

En honor a la verdad, el comportamiento de los jueces fue bastante digno, por lo que no diría yo que en la actitud del Tribunal se produjese una pantomima. No obstante, es cierto que con algunos de los casos citados antes no fue así. Por lo tanto, yo no lo calificaría de farsa, pero sí es verdad que las bases sobre las que se celebró el Juicio estaban ya contaminadas. Creo que, acerca de eso, hay muy poca duda; entre otras cosas porque algunas de las imputaciones sobre los alemanes no estaban tipificadas como delito con su correspondiente pena. Por ejemplo, la guerra de agresión no estaba considerada como un delito y, además, de haberse considerado como tal, todos los acusadores habrían debido estar también imputados por él.

Toda la legislación sobre ese tema es posterior, ¿no? Se habían firmado tratados, pero no había ninguna pena tipificada.

Exacto. Con lo cual, no tenía más valor que el de la condena puramente moral. Apelar a una legislación sin penas tipificadas y sin capacidad coercitiva tiene poco sentido. Había delitos que sí se podían arbitrar.

Pero por un tribunal ordinario.

Claro, por un tribunal ordinario, no por uno internacional. El gran problema del Juicio de Núremberg es que lo ejercieron los vencedores sobre los vencidos. No se juzgaron crímenes de guerra, los hubiese cometido quien los hubiese cometido, sino que solamente se juzgaron los crímenes perpetrados por los derrotados. Esto es, los alemanes. Desde cierto punto de vista, es una burla a la justicia.

Por tanto, fue un juicio parcial.

Fue un juicio evidentemente parcial. Sobre eso yo creo que hay pocas dudas. Se podrían haber investigado todos los crímenes de guerra, o bien se podría haber hecho por parte de países neutrales, o bien por tribunales integrados por todos.

"La guerra era lo último que le interesaba a Hitler en 1939"

¿Por qué se descartó la opción de que los alemanes fuesen juzgados por tribunales ordinarios?

Representaba un gran problema. Por ejemplo, un crimen que hubiesen perpetrado los alemanes en Rusia sobre población polaca. El problema de la territorialidad fue muy grande, sin duda ninguna, y se solventó por medio de la creación el tribunal militar internacional.

En el libro sugiere que la acusación de conspiración contra la paz tenía poco fundamento.

Desde el punto de vista jurídico, no existía tal cargo. Y, desde el punto de vista histórico, Hitler nunca quiso una segunda guerra mundial. Su planteamiento era, como mucho, llegar a una guerra con la Unión Soviética que fuese precedida por unos pequeños conflictos en el este de Europa. A pesar de que Hitler escribiese en “Mi lucha” su deseo de conquistar los espacios del este para asentar a la población alemana, es más que probable que Hitler hubiera estado dispuesto a revisar sus posiciones porque en el verano y el otoño de 1940 llegó a plantearse una convivencia con la rusa soviética y repartirse ambos Oriente Medio, Europa y Asia. Por lo tanto, las posiciones de Hitler no fueron nunca irrevocables, era un hombre extraordinariamente adaptable en ese sentido. La guerra era lo último que le interesaba a Alemania en 1939, más que nada porque no estaba preparada.

Entonces, la acusación sobre Von Neurath tampoco tenía demasiado sentido, ¿no?

Ninguno. Hay que entender que Von Neurath era diplomático, ministro de exteriores, de una Alemania que, en aquel momento, estaba revisando la política de Versalles, no preparando una guerra mundial. En ese sentido, el grave problema de la acusación en Núremberg es la forma que le dieron los americanos (Jackson). Era un disparate pensar que, desde el principio, los nazis habían estado conspirando para para llegar a una guerra mundial.

Otra acusación con exiguo fundamento fue la de Julius Streicher. ¿Cómo se explica?

 El problema de Streicher, furibundo antisemita, es que era un hombre que suscitaba una enorme antipatía y, lógicamente, no iba a encontrar a nadie dispuesto a defenderlo. Lo que hacía Streicher, desde el punto de vista moral, resulta repugnante. Una cosa es eso y otra, bien distinta, que acabara en la horca. Streicher dejó de tener responsabilidad en agosto de 1940 y, por lo que sabemos, los planes más concretos de exterminio tomaron forma en enero del 42.  Sí es cierto que contribuyó a la gestación de un clima general de antisemitismo, pero no fue ni el primero ni el último ni el más importante. La publicación que dirigía, “Der Stürmer” (“El Asaltante”), era una publicación desagradable por muchas cuestiones, pero él no era responsable directo del exterminio. Ni muchísimo menos.



 Los de Charlie Hebdo también habrían acabado en la horca, entonces.

Efectivamente. El otro día en una entrevista citaba yo justamente ese ejemplo. Sería como condenar a muerte hoy a los trabajadores de Charlie Hebdo; revista que a una gran parte de la gente le resulta profundamente repugnante.  

Una de las estrellas del juicio fue Göring. Dice usted que su última victoria fue el suicidio…

Sin duda ninguna. En los juicios hubo dos estrellas entre los alemanes, que fueron Speer y Göring. Speer era una persona tremendamente inteligente cuyo don de gentes le valió para ganarse al tribunal, atraerlo a su posición y, como consecuencia, salvar la vida. Y eso que tenía, desde el punto de vista militar, mayor responsabilidad que muchos de los ahorcados.

Y luego tenemos el caso de Göring, un hombre extraordinariamente brillante. Los americanos cometieron un error con él al retirarle la morfina que tomaba desde hacía 23 años a raíz del Putchs de Muchich, cuando sufrió una herida. Al retirarle la morfina, el viejo héroe de la época gloriosa de la lucha por el poder de los nazis reverdeció, convirtiéndose en un peligro público. Incluso logró atraerse la simpatía del Tribunal.

"Henry Morgenthau, secretario de Estado de Estados Unidos durante la IIGM, propuso la aniquilación de los alemanes con toda seriedad"

Además, Göring se aprovechó de su conocimiento del inglés…

Claro. Göring era muy listo. Entendía muy bien el inglés. Así, cuando el fiscal Jackson le formulaba las preguntas en ese idioma, él esperaba a que las tradujeran al alemán. No para entenderlas, sino para disponer de más tiempo para meditar la respuesta. En cambio, Jackson no comprendía el alemán y Göring le dejó en evidencia en bastantes ocasiones. Quizá no era el fiscal ideal, pese a estar muy valorado en Estados Unidos, para el proceso de Núremberg.

Si Núremberg hubiese sido un juicio imparcial, ¿Henry Morgenthau habría sido juzgado allí por sus acciones y propuestas?

Desde luego. Henry Morgenthau, secretario de Estado de EEUU por aquel entonces, propuso con toda seriedad la aniquilación de los alemanes; aniquilación que debía llevarse a cabo, según él, esterilizando a los varones y obligando a las mujeres alemanas, por tanto, a engendrar con gente venida de otros pueblos. Lo más grave del asunto fue que Roosevelt acogiera su iniciativa con entusiasmo. En ese sentido, fue también uno de los cerebros de la política que se practicó después de la IIGM y que le costó la vida a cientos de miles de alemanes. El Plan Morgethau no se aplicó a rajatabla, pero sí en parte. Él no era mejor que algunos líderes nazis.

En la primera parte del libro, afirma que Churchill no sólo era antinazi, sino que también había en él una pulsión antigermana.

Ciertamente. Churchill fue antialemán hasta el absurdo; él mismo -porque era inteligente y cuando lo eres el fanatismo suele durar poco- se dio cuenta, hacia el final de la guerra, de lo que estaba sucediendo y de aquello a lo que su antigermanismo había contribuido: a prolongar la guerra innecesariamente.

En este sentido, cabe apuntar que la IIGM no comenzó por ninguna razón moral: el tema de los judíos no pinta absolutamente nada en esto y otras cuestiones, como la defensa de la democracia, tampoco.  Empezó por una cuestión de pura geoestrategia. Gran Bretaña, desde Isabel I, había venido desarrollando una política realista que consistía en que en el continente europeo hubiera un equilibrio de poder – sin que ningún Estado sobresaliese - mientras ellos se ocupaban del resto del mundo. De esa manera, la hegemonía mundial no era disputaba por nadie. La Segunda Guerra Mundial estalló, en parte, porque Alemania rompió el equilibro de Europa, Hitler dio demasiados pasos y demasiado rápido

De hecho, Polonia, que es la excusa o causa de la guerra, se la repartieron entre Alemania y la Unión Soviética, y Gran Bretaña y Francia sólo declararon la guerra a Alemania. Pero es que, a continuación, la Unión Soviética atacó Finlandia y tampoco le declararon la guerra. Y en el verano de 1940 atacó a Estonia, Letonia y Lituania y tampoco entonces decidieron los aliados declararle la guerra a la URSS. Es evidente que los aliados no emprendieron la guerra por una cuestión moral. Por tanto, hay que aceptar que la IIGM comenzó por una cuestión geoestratégica. 

¿Por qué, desde el punto de vista de la geoestrategia, a Gran Bretaña no le importaba que la URSS invadiese esos territorios y sí que Alemania invadiese Polonia?

Es complicado de explicar. Cuando Göring se entregó el 5 de mayo de 1945, les espetó a sus captores: “Habéis organizado una guerra para evitar que Alemania entrase en el Este, y lo que habéis conseguido es tener a los rusos en el Elba”. Los británicos trataron de evitar que Alemania se convirtiese en una potencia hegemónica en Europa, pero no consiguieron evitar que lo URSS hiciese eso mismo, porque se desataron una serie de fuerzas que fueron incapaces de controlar.

En la primera parte del libro, cuenta que Churchill tuvo oportunidades de alcanzar una paz con Alemania y acabar antes con la guerra, pero no lo hizo…

En el Consejo de Ministros del 27 de mayo de 1940 se planteó muy seriamente alcanzar ese acuerdo. Finalmente no lo hizo porque pensó que se interpretaría como un acto de debilidad.  Lo cierto es que llevó demasiado lejos su “germanofobia”.

¿Qué papel desempeñó Vansitartt en la política exterior germanófoba de Churchill?

Un papel básico. Tengamos en cuenta que en Gran Bretaña hay una serie de funcionarios que permanecen, vayan o vengan los políticos. Ejemplo de esto, en el Ministerio de Exteriores, eran Roberts, Mekins y el propio Vansitartt. Éstos fueron de facto los que dirigieron la política británica. Vansitartt era un furibundo “antigermano”. Iba más allá del odio al nazismo; el suyo era un rechazo a lo específicamente alemán.

De hecho, solían decir que el nazismo era la máxima expresión del espíritu alemán, ¿no?

Eso es. O sea, que pensaban igual que Hitler (Risas).

"Comparar a Trump con Hitler es un disparate que no merece más que una sonrisa condescendiente"

¿La corrección política y el miedo al estigma hacen difícil escribir sobre Núremberg con honestidad intelectual?

Rotundamente sí. Si te importa mucho, mejor no lo hagas. Es un tema tabú, un tema del que no se puede hablar y en el cual tratar de encontrar el punto que uno considera justo suscita las peores sospechas. Además, muchos historiadores tienen miedo a las acusaciones porque hoy el estigma social es más grave que nunca.

Como la hoguera, ¿no?

Así es, es el equivalente contemporáneo a la hoguera. Y de hecho es un tema que nadie quiere tocar.



Hablemos del mundo actual. Hay gente que compara a Hitler con el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump.

Es un disparate que no merece más que una sonrisa condescendiente. Con Trump, se ha mentido de forma abierta; si analizamos mínimamente las imputaciones que le hacen los medios de comunicación, nos daremos cuenta de que son de risa. Y esto ha ocurrido porque plantea algunas cosas que son muy dañinas para el “statu quo”. ¿Por qué? Porque al final todo lo que está pasando en el mundo (soy consciente de que es una simplificación) se puede reducir a un enfrentamiento entre mundialistas y soberanistas. Aquéllos representan el “statu quo” y éstos una rebelión contra él. Trump, al mostrar su propósito de proteger la industria y a las clases trabajadoras estadounidenses, se está posicionando muy claramente contra este proyecto guiado por Wall Street, los Clinton, Soros, etc.

También tildan de fascistas y nazis a los partidos de derecha alternativa que están avanzando en Europa. ¿La situación del Viejo Continente es una vuelta a los años 30 o el grito de los europeos contra la corrección política y la globalización?

Lo segundo, sin duda. Con las acusaciones que el sistema lanza sobre estos partidos, lo que demuestran es el miedo que tiene. Indudablemente se trata de partidos muy variopintos (Fidesz no tiene demasiado que ver con el Frente Nacional francés) que muchas veces sólo tienen en común el soberanismo. Pero esta conexión entre los partidos es la básica, sobre todo a ojos del poder establecido. No es, ni mucho menos, la reedición de nada. El soberanismo y el patriotismo han existido antes y después del fascismo. Eso no quita que en estos partidos pueda haber partidarios del fascismo.

¿Por qué en España no triunfa ningún movimiento de este tipo? ¿Por el complejo del franquismo, porque el PP tiene secuestrada a la derecha social, por la presión que ejercen los medios de comunicación sobre la sociedad…?

 En la pregunta está implícita la respuesta. Por todo eso. Hay factores que se van debilitando con el paso del tiempo, pues las generaciones que van viniendo ya no los sufren. Este es el caso del complejo del franquismo. Cabe mencionar otros factores como la cultura política, que en España es muy baja. Hay dos circunstancias, además, que en otros países han provocado el auge de estos partidos y que en España no se han dado: por un lado, la inmigración islámica masiva y, por otro lado, la eurofobia. Los españoles seguimos contemplando Europa como ese mito del progreso. Sin embargo, esto va paulatinamente cambiando.

Nuestra época ha revivido algunas de las peores cosas de la Alemania nazi, como la eutanasia y la eugenesia (con el aborto). ¿Estamos legitimados para condenar el nazismo?
Sin duda ninguna estamos reproduciendo algunos de los peores crímenes del nazismo. De fondo, la posmodernidad comparte con el nazismo el desprecio a la vida humana; considera, como éste, que hay vidas indignas de ser vividas.


La experiencia de los campos de concentración vacunó al mundo durante un tiempo contra prácticas como la eutanasia y la eugenesia; prácticas que, por cierto, eran anteriores al nazismo y se practicaban en países como Estados Unidos y Suecia. Pasadas tres generaciones, hemos perdido la memoria de ese horror y estas prácticas que se paralizaron tras la Segunda Guerra Mundial se han recuperado como parte de la ideología europea.