domingo, 19 de junio de 2016

Anticonceptivos y aborto

Una de las más falaces afirmaciones repetidas por el Nuevo Orden Mundial es la que señala que, a medida que se incrementa el uso de anticonceptivos, desciende el número de abortos. Así, son ingentes los partidos políticos, generalmente en el espectro del centro-derecha, que llevan en su programa electoral la farisaica propuesta de repartir preservativos, como se reparten caramelos, en aras de disminuir la cantidad de abortos. Simulan, pues, desconocer estudios como el publicado por la revista “Contraception” en el año 2011, que prueba que, cuantos más son los condones distribuidos, más son los bebés abortados.

La realidad que se parapeta tras los anticonceptivos es la banalización del sexo, al que sutilmente se despoja de sus dos fundamentos más esenciales: el amor y la procreación. Por un lado, los preservativos – y la filosofía hedonista que subyace tras ellos – contribuyen a que el hombre vea en el sexo, y por tanto en la persona con que se comparte el momento, un mero instrumento de placer; un simple medio para satisfacer instintos. Lo aleja, de este modo, de su más honda atribución, que no es sino reflejar el amor entre dos personas; un amor que se manifiesta en forma de entrega plena al otro. Por otro lado, el condón atenta, de forma si cabe más evidente, contra el que por designio de la misma naturaleza debiera ser pilar irrenunciable del acto sexual: la vida. Un sexo que, por medios artificiales, cierra las puertas a la procreación es un sexo enfermo, cojo, que bien podría asemejarse a una tarta de limón sin base de galleta.

Esta banalización del coito, que se consuma, como hemos dicho, desprendiéndolo de sus atributos más elementales, supone un aumento de las relaciones sexuales, evidentemente. El sexo deja de ser algo único - deja de ser retrato de un sugestivo proyecto de vida común - para tornarse en un hecho tan nimio como la siesta dominical.

El incremento de las relaciones sexuales implica, a su vez, un aumento de los embarazos. No es necesario ser San Agustín para percatarse de esto, y más si se atiende a los continuos “fallos” de los anticonceptivos. Las mujeres encintas y sus parejas, inmersos en un clima social que promueve la irresponsabilidad y que desprecia la vida humana, perciben en el aborto una salida razonable, con el inestimable consejo, por cierto, de médicos que violan sin reparos el juramento hipocrático y de políticos que, desde la comodidad de sus despachos, hacen ingeniería social.

El resultado de este abominable proceso es el sacrificio de millones de seres humanos cada año. No es casual que Planned Parenthood, cuyas arcas se nutren fundamentalmente del ponzoñoso negocio del aborto, inste a las masas a usar preservativos. Los que manejan esta multinacional del mal saben mejor que nadie que, mientras el sexo sea presentado como algo fútil e irrelevante, ellos mantendrán, con salud vigorosa, su chollo.


No tardará en proclamarse una religión que, a la vez que exalte la lujuria, prohíba la fecundidad” (Gilbert Keith Chesterton)

miércoles, 8 de junio de 2016

El creador y la criatura

Hace unos días, me preguntaron a qué responde el auge de Podemos, cómo comenzó su travesía hacia el poder. Yo, tras meditar unos segundos, contesté que se debía a la traición perpetrada por el PP contra sus electores, naturalmente. Ante lo aparentemente descabellado de la respuesta, mi interlocutor me miró con incredulidad, como poniendo en cuestión mi antaño incuestionable capacidad para analizar la realidad política española. Bien, lo cierto es que no he perdido mis facultades – torpes, qué duda cabe – para explicar la situación política española: si a alguien hemos de achacar el ascenso de Podemos, es a Mariano Rajoy Brey.

Todo comenzó cuando el PP decidió traicionar los puntos más sustanciales de su programa electoral. En ese momento, los electores, descontentos con un partido al que habían brindado un entusiasta apoyo en 2011, empezaron a mirar con buenos ojos el refugio de la abstención o el cobijo de algunas formaciones políticas emergentes. Así, las encuestas – esos efectivos instrumentos de movilización del voto – manifestaban, vez tras vez, un reseñable descenso de votantes del PP. Ante esta situación, los palmeros de Rajoy, que creyeron más lógico alimentar el comunismo que enmendar los errores cometidos, pergeñaron una estrategia que no podía fallar: apelar al voto del miedo.

Es en este punto cuando aparece Pablo Iglesias. Súbitamente – o más bien por expreso encargo de los ominosos augures demoscópicos del Partido Popular - el barrabás de la España contemporánea comenzó a aparecer día y noche en los platós de televisión. De este modo, aprovechando el descontento social provocado por la corrupción y la dramática situación económica, Iglesias alcanzó la notoriedad suficiente para formar un partido político, cosa que hizo allá por el invierno del 2014. ¡Et voilà! Rajoy ya había creado el monstruo que le permitiría recuperar a esos votantes que, traicionados, jamás regresarían al seno de su partido de no existir la fiera comunista.

Fueron sucediéndose las elecciones, y la bestia engordaba sobremanera, pues devoraba con fruición la pitanza del PSOE. Los populares se percataron de que este desmedido crecimiento de la criatura les venía muy bien; alimentaba el miedo, que era el único recurso al que podían echar mano para no caer en la insignificancia de los setenta diputados. Y, así, siguieron lanzando carne al ser. Podemos en las televisiones por el día, Podemos en las televisiones por la noche.


Y con estas condiciones llegamos a la campaña de las elecciones del 26 de junio. Al PSOE, tras haber perdido su merienda, bien podríamos asemejarlo a un fútil espectro; Podemos, ya obeso, se encamina desatado al asalto del cielo; y el PP, contumaz como el demente que golpea su cabeza contra un muro, sigue deleitando a los más fieles de la parroquia con los repugnantes acordes del miedo. Lo más trágico de todo esto es que algunos sigan viendo como valladar frente a la criatura a aquellos que no hicieron sino desenjaularla.

domingo, 8 de mayo de 2016

"La extrema derecha"

El Tribunal de la Santa Corrección Política ha fijado en los partidos de “extrema derecha” su objetivo. Tan deshonroso e hipócrita tribunal, que proclama la ausencia de verdad inmutable como única verdad inmutable, ha colmado a partidos como Ley y Justicia y Alternativa por Alemania de insultos y estigmas que van desde “populistas” a “neonazis” pasando por “eurófobos”. Así es el rebaño; sólo cree en la democracia cuando son los suyos los que ganan. Permitirán ustedes, queridos lectores, que yo no caiga en la estulticia del estigma y en la simpleza del insulto. No me gusta eso de obviar que, tras los partidos a los que algunos tildan de extrema derecha, hay gente - con anhelos, pesares y preocupaciones - que introduce su papeleta en la urna.

Yo encontraría justificados los estigmas si los partidos que los padecen desearan, como Podemos, cargarse la legalidad, la democracia y la nación. Pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que tanto el Frente Nacional como la FPO – y demás partidos - respetan y defienden estos tres conceptos. No tienen problema alguno con el Estado de Derecho, y la libertad no les provoca urticaria. Es más, dicen defenderla. Se preguntarán ustedes, pues, cuál es el imperdonable inconveniente que el Tribunal de la Santa Corrección Política percibe en estos movimientos. Creo tener la respuesta. Cuestionan las ideas que, en los últimos años, los ominosos intereses de ciertos próceres en la sombra han erigido en dogmas irrefutables. No comulgan con el multiculturalismo ni con la ideología de género; desconfían profundamente de los burócratas de Bruselas y quieren preservar la soberanía nacional.

La caricatura que los medios de comunicación nos brindan de estos partidos nos induce a pensar que sus votantes son lunáticos ansiosos por matar musulmanes o viejos rijosos excitados con la sola idea de reducir la UE a cenizas. Sin embargo, esto se antoja aún más hiperbólico que el teatro de Valle Inclán, pues los grupos políticos en cuestión son más bien transversales. Acogen en su seno tanto al obrero al que la izquierda dejó de lado tras la revolución del 68 como a esa clase media proletarizada, condenada al mileurismo; reciben el voto tanto de ese buen alemán que ha tenido que ver su pueblo convertido en un gran gueto islámico como de ese polaco que sabe bien que las raíces de Occidente se hunden en el cristianismo.


Anoche soñé con una Europa que, percatándose de su error, dejaba atrás el relativismo, la ideología de género y el multiculturalismo; con una Europa que, frente a los sombríos designios de la Unión Europea, reivindicaba la soberanía nacional. Ha sido ese sueño el que me ha instado a sentar mis posaderas sobre la silla y a escribir este artículo. Simplemente quería decirles que, cuanto mejor les vaya a los partidos estigmatizados, más cerca estará mi sueño de tornarse en realidad.

domingo, 17 de abril de 2016

Un infierno orwelliano

El pasado 14 de abril, Pablo Iglesias reivindicaba, a través de un tuit propio de un verdadero indigente intelectual, la bondad histórica de la II República española. El infausto mensaje, difundido por más de cinco mil personas, decía así: “Elecciones limpias, voto femenino, matrimonio civil, divorcio, educación pública. ¿Se puede ser demócrata y no reivindicar la II República?”. Como cualquier persona mínimamente formada percibirá, Iglesias miente con desvergüenza desmedida.

El líder de Podemos y su jauría de necios útiles – los que retuitean – eluden mentar que esas elecciones limpias de las que hablan fueron amañadas en 1933, cuando el PSOE no permitió gobernar a la CEDA, partido más votado; y en febrero de 1936, cuando, tal y como han demostrado historiadores como Pío Moa o Stanley Paine, el Frente Popular se impuso a las derechas en un proceso electoral caracterizado por el fraude. En realidad, el respeto de los líderes republicanos izquierdistas por las elecciones y la democracia quedó retratado en el mismo advenimiento de la república. Y es que conviene recordarles a Iglesias y a su ejército de osados ignorantes que el régimen republicano fue proclamado tras unas elecciones municipales en que las candidaturas monárquicas obtuvieron una holgada mayoría de concejales.

El barrabás contemporáneo y su rebaño de adocenados seguidores evitan mencionar, asimismo, que el sufragio femenino se aprobó a instancias de las derechas (¡la izquierda se opuso alegando que las mujeres votarían lo que los curas y sus maridos les ordenasen!). En cuanto a lo de la educación pública, es preciso recordarle a Pablo Iglesias que fue en la primera década del régimen franquista cuando se produjo un descenso reseñable del analfabetismo.

Sin embargo, lo dramático no es que el líder de Podemos y su banda de matones tuiteros desconozcan o falseen la verdad histórica, sino que nadie se moleste a hacerles frente. Nadie, en esta España acomodada sobre el diván de la mentira, está dispuesto a luchar por defender la verdad. Ni el votante medio del PSOE, ni el del PP, ni el de Ciudadanos exhibe la más mínima inquietud por el constante falseamiento de nuestra historia. Es más, quienes aprobaron y quienes refrendaron – con su cobarde inacción – la torticera Ley de Memoria Histórica ni llevan coleta ni visten ropa de Alcampo.


La España actual es preocupantemente similar a la Inglaterra imaginada por Orwell en 1984. Un país en que la historia y el pasado son dictados – y falseados – por ley; un país en que son pocos los que siguen atreviéndose a decir que dos más dos son cuatro y que libertad no es esclavitud.

viernes, 25 de marzo de 2016

La Europa cobarde

Los atentados de Bruselas han venido seguidos de lágrimas secretadas por el conjunto de la sociedad occidental. Lágrimas en forma de bandera, lágrimas en forma de “je suis” y lágrimas en forma de “vencerá la democracia”. Lágrimas, en apariencia, sentimentales, emotivas, con un entrañable toque de postureo. Sin embargo, si uno trasciende lo material para remontarse a lo espiritual, se percatará de que son éstas lágrimas de cobardía, lágrimas cuyo mayor anhelo es, tristemente, no enfrentarse a la dura realidad que nos acucia.

Pocos discutirán que no hay mayor muestra de cobardía que rehuir el enfrentamiento con la realidad. Los europeos preferimos no reconocer que estamos en guerra. En una guerra sucia, en una guerra que nos enfrenta a bárbaros que se aprovechan de nuestra tolerancia para habitar entre nosotros. Preferimos pensar que nuestro enemigo es algo tan abstracto como el terrorismo; un terrorismo que, decimos, nada tiene que ver con el islam. Mas no es así. Incluso los políticos más iletrados son plenamente conscientes de que la yihad es una constante en la historia del islam. Preferimos pensar, cual si fuésemos ingenuos niños de cuatro años, que el islam es compatible con Occidente, que los musulmanes pueden integrarse a nuestra forma de vida. No obstante, lo cierto es que jamás se adaptarán; jamás aceptarán principios tan occidentales como la separación entre los asuntos de Dios y los del césar, la igualdad de todos los seres humanos y la libertad.

Hoy, Europa ha decidido continuar refugiada en el ilusorio mundo de las vacaciones pagadas y las masturbaciones diarias; en el ilusorio mundo del hedonismo y el “carpe diem”. Los europeos creemos que la libertad y la seguridad no implican sacrificios, que son un derecho del que nadie nos puede privar. Y lo más trágico es que nos parapetamos tras esta pueril creencia para no asumir la realidad.


Europa tiene dos enemigos. El primero de ellos es el islamismo. Es éste un enemigo sin escrúpulos, cruel, perfectamente conocedor de su objetivo, al contrario que nosotros. El segundo es nuestra conciencia. Sí, esa conciencia débil que nos impide reconocer la realidad y enfrentarnos a ella; esa conciencia débil que nos invita a mirar para otro lado aun cuando somos conscientes de que lo peor está por venir; esa conciencia débil que nos postra como a miserables ante un enemigo que sabe que nos tiene a su merced.

sábado, 19 de marzo de 2016

El desarme intelectual de los católicos

Señalaba Juan Manuel de Prada, en una entrevista, que el principal mal que aflige a los católicos es el de la compartimentación de su existencia. Y es que se torna bastante difícil cuestionar que los católicos hodiernos, influidos por la perversa filosofía de nuestro tiempo, tendemos a reducir la fe a una práctica rutinaria que se repite cada domingo, negando su irrefutable dimensión intelectual. En un afán, a veces inconsciente, de adaptar la religión católica al paganismo de la época, tomamos como nuestras ideologías materialistas que promueven principios patentemente incompatibles con el cristianismo como el individualismo, la ausencia de libertad profunda del hombre, el relativismo... Así, es habitual ver a católicos defender enardecidamente los, según ellos, beneficiosos frutos del capitalismo o hablar, con la boca hecha agua, de las bondades morales del marxismo. Incluso, si se ponen ustedes a la tarea, queridos lectores, verán medios de comunicación de la Iglesia protegiendo los intereses de partidos manifiestamente anticatólicos.

Este desarme intelectual fustiga las vidas de casi todos los católicos, desde la del tradicional feligrés de pueblo hasta la del más virtuoso de los obispos. Asumimos, de forma contumaz, eso que afirman los ignorantes de que la religión es irracional. Consideramos, quizás, que nuestras reflexiones, anhelos y creencias no deben tener cabida en la vida pública, que nuestra forma de vivir – basada en el amor y la moral – no está sino condenada a adaptarse a los dogmas del Siglo XXI. Cuántas veces habrán oído ustedes a un católico decir esta majadería en referencia al aborto: “Yo no lo haría, pero no puedo prohibir que los demás lo hagan”.


La falta de referente intelectual es uno de los grandes dramas del católico de nuestro tiempo. Le deja indefenso, sin réplica posible, ante los grandes retos que la posmodernidad le plantea: aborto, ideología de género, relativismo. Es fundamental que la Iglesia vuelva a ser el faro del mundo; que los católicos abandonemos el ponzoñoso seno de las ideologías y volvamos a abrazar - también en la vida pública, en la política y en la moral – los principios que la Iglesia ha abanderado desde tiempos inmemoriales. Y es que, en caso de no hacerlo, acabaremos fagocitados por el voraz monstruo de la posmodernidad.

viernes, 4 de marzo de 2016

A mí sí me gusta Donald Trump

Donald Trump es una de las personas del panorama internacional que más ha padecido el ensañamiento de los medios de comunicación españoles. Éstos han tildado al magnate - ahora tornado en un político con tintes de showman - de xenófobo, racista, fascista y de no sé cuántos adjetivos de cariz despectivo más. Ya saben, el Tribunal de la Santa Corrección Política establece que quien ose no ceñirse a sus propios dictámenes debe ser vituperado sin contemplaciones.

Les confesaré algo. A mí me gusta Donald Trump. Me gusta políticamente, digo. Quizá sus formas no sean las ideales, pero éstas quedan relegadas a un segundo plano por la valentía de sus promesas y la veracidad de sus denuncias. No busquen en él a un hombre moderado, pues no lo es. No busquen en él a un político humilde, pues tampoco lo es. Trump es, más bien, un rebelde; es el síntoma de una sociedad estadounidense hastiada de sus élites políticas y anhelante de que éstas hablen en los mismos términos que emplea el buen americano que hace cola en el Burger King.

El multimillonario es la nota verdaderamente discordante. En un mundo cada vez más tendente al protervo mundialismo, ha tenido el arrojo de defender la identidad nacional estadounidense con propuestas; con propuestas que se materializarán en un control más severo de las fronteras y en un indispensable proteccionismo económico. Trump, básicamente, representa a todos los que creemos que no es inmoral sino natural preocuparse más por el compatriota - con el que se comparte una historia, una lengua, una tradición - que por el buen hombre que mora en un país lejano.


Trump es el único precandidato republicano (junto a Cruz, quizás) que le sienta como un puntapié en las posaderas al Nuevo Orden Mundial. Es la voz de los norteamericanos que no quieren que sus tradiciones, su cultura y sus valores queden disueltos en el orgasmo sin fronteras del mundialismo; la voz de quienes desean recuperar el sueño americano; la voz de quienes anhelan tornar a Estados Unidos grande de nuevo. Ojalá algún político español fuese así.