El otro
día tuve la oportunidad de ver la entrevista, por llamar de alguna forma a ese
grotesco espectáculo, de Risto Mejide al Padre Fortea. He de reconocer que
nunca había visto una entrevista del tal Risto y que – con las loas que
acompañan a su nombre cada vez que éste es pronunciado – me esperaba algo
mejor. Iluso de mí, habría de saber ya que, en España, las alabanzas de la
progresía patricia sólo pueden suponer putrefacción, ordinariez y simpleza.
Desde
el inicio, la entrevista prometía irreverencia y nimiedad, desvergüenza y
futilidad. Y es que a Mejide, ese conspicuo necio, no se le ocurrió cosa mejor
que tutear al P. Fortea, como si éste fuese igual o inferior a él. Y, claro, a esta
inicial osadía le siguió una serie de vomitivas preguntas en tono burlón
respecto al demonio, a las que el sacerdote exorcista respondió con admirable
respeto. (Véase: “¿El demonio tiene página web?”).
Mas el
espectáculo llegó cuando Risto, icono de una sociedad decadente, empezó a
preguntar – por no decir rebuznar – sobre la Iglesia católica en general. Nada
nuevo, los topicazos de siempre. Que si la pederastia por acá, que si las
inadmisibles declaraciones de los obispos respecto al aborto y el “gaymonio”
por allá. Muy previsible, Mejide; con lo buena que podría haber sido la
entrevista. Para variar.
Este
desolador panorama, caracterizado por la infundada superioridad intelectual de
quienes creen que la religión es pura superchería, fue agravado por lo que se
emitió después de la entrevista: Mejide y una actriz porno, paradigma de la
sicalíptica decadencia occidental, conversando en una especie de cama de color
rojo pasión. Todo en un tono curiosamente desenfadado, jovial y exquisitamente
respetuoso. Y es que, queridos lectores, en esta España hodierna, se enaltece a
las actrices porno al tiempo que se defenestra a los religiosos; se ensalza el
hedonismo al tiempo que se entierra en una profunda tumba a la pureza.
“España, España, que ensalzas a las que se desnudan y apedreas
a los que traen la Buena Noticia…”
Son
ingentes las loas que, en nuestro tiempo, la democracia recibe; es abrumadora
la adoración que nosotros, envueltos en su misterioso perfume teñido de
grandeza, profesamos a lo que en otras épocas – menos oprobiosas quizás – no
sería más que un simple régimen político. Sin embargo, estas figuradas
genuflexiones que hacemos cada vez que invocamos el nombre de la sacrosanta
democracia tienen un inocultable revestimiento de profunda ignorancia, de hondo
desconocimiento.
La
democracia – en el sentido propio del término, excluyendo el componente liberal
que hogaño la matiza – es una respuesta a la pregunta de “quién gobierna”, no a
la pregunta de “cómo se gobierna”. Así, no se antoja difícil alcanzar a comprender que la democracia, sin un reconocimiento previo de derechos
individuales inviolables y de una razonable limitación del poder público,
podría convertirse en el más despótico de los regímenes políticos, en el más
tiránico de los sistemas de organización social.
Y es
que nadie puede asegurar que la opinión de la mayoría sea, en todo momento,
moderada y respetuosa. Y menos en tiempos en que el ser humano ha dejado de
lado la razón para abrazar los sentimientos y las pasiones; en tiempos en que
el intelectualismo moral de Sócrates ha sido arrojado al basurero del olvido y
sustituido por esos emotivismo y subjetivismo moral que todo justifican. El ilimitado
gobierno del pueblo – es decir, de la mayoría – abrazaría la opresión estulta,
terminaría de cavar la tumba en que la sociedad hodierna anhela silenciar por
siempre a la verdad.
Las más
certeras críticas a un modelo de democracia pura fueron enunciadas por Constant
– con su distinción entre la libertad de los antiguos, basada en la
participación política, y la libertad de los modernos, centrada en la esfera
privada y la independencia individual – y Tocqueville – quien distinguió entre
la democracia despótica, en la que la soberanía del pueblo es ilimitada, y la
democracia liberal, en la que la soberanía del pueblo está constreñida por los
derechos individuales y la separación de poderes -. Ambos consideraban que la
democracia liberal, frente a la democracia pura, suaviza y limita las pasiones;
protege al pueblo de ser gobernado sempiternamente por la irracionalidad y las
emociones.
El ser
humano, innatamente tendente al mal, es voluble; sus opiniones cambian más que el bando de los italianos en una guerra. La construcción de un régimen
político dependiente exclusivamente de su voluntad no sólo aboca a la
inestabilidad y al desconcierto, sino que provoca la asunción de un relativismo
que, paradójicamente, podría acabar con ese sistema político.
Ya han
sido investidos los nuevos alcaldes y presidentes de las Comunidades Autónomas;
las bases para proseguir la que parece inexorable destrucción de España ya
están sentadas. Y en ellas, la posición del Partido Popular es más bien
irrelevante. Con pactos o sin ellos, el más traidor de los partidos políticos
españoles – hacia su electorado y sus ideas – ha sufrido un severo escarmiento
que probablemente sea letal.
Y, por
supuesto, la debacle del partido de Rajoy ha estado acompañada de lastimosos
lamentos, de lágrimas propias de plañideras que se habían creído intocables en
el más falso de los funerales. Es lo que tiene, creo yo, traicionar todo lo
prometido en un programa electoral pensando que eso saldría gratis. Es lo que
tiene asumir la ideología de género y demás preceptos progresistas manifestados
a la perfección en la acción legislativa del gobierno de Zapatero. La inacción
política y la renuncia a las ideas propias se pagan. Luego llegan lágrimas en
forma de arrepentimiento, llantos más propios de niños de preescolar que de
políticos.
Y es
que Rajoy, durante toda esta inane legislatura que todavía continúa, se ha
afanado en dejar atrás esos tiempos en los que asumía un rol protagonista en
cada manifestación antiterrorista; en dejar atrás esos tiempos en que se
erigía, ufano, como adalid de la defensa de la vida humana en esas dignas
convocatorias contra el aborto. De esos polvos vienen estos lodos, Sr Rajoy. La
renuncia a defender principios, a defender valores, ha condenado al PP; la traición ha provocado que ésos que aún
votan al partido de la gaviota lo hagan con
la nariz tapada previendo, legítimamente, un mal mayor.
Muchas
han sido las traiciones perpetradas durante esta legislatura: aborto,
matrimonio homosexual, memoria histórica, violencia de género, etc. Sirven
éstas como símbolo de la claudicación del PP ante el ideal progresista, como
símbolo de una derecha que ya no está representada políticamente.
Quizás
esas lágrimas que hoy inundan las páginas de los periódicos y los programas de televisión habrían sido
sonrisas satisfechas si el PP hubiese cumplido sus promesas. Quizás los
aprendices españoles de Pol Pot no estarían construyendo su particular autopista
hacia el averno si el gobierno de Rajoy, con sus traiciones, no hubiese dividido a una derecha
harta de ser poco más que la izquierda con quince años de retraso, harta de la infundada
superioridad moral del llamado “progresismo”.
Unos
días han transcurrido ya desde que los comicios autonómicos y municipales “cambiaron”
el panorama político español. Sin embargo, el molesto tañido de la “fiesta de
la democracia” sigue resonando, inasequible al desaliento, en nuestros oídos;
las promesas propias del tiempo preelectoral – esas que ya no cree nadie –
siguen perturbando a unos españoles hastiados ya de tanta falsedad. Y es
Ciudadanos el partido más activo en la afanosa tarea de aburrir a eso que
hogaño se llama ciudadanía.
Tras un
relativamente positivo resultado electoral, el partido naranja ha adoptado una
actitud verdaderamente disparatada. Les confieso que, de tanto oír el sintagma “líneas
rojas”, Albert Rivera ha adoptado un papel protagonista en las pesadillas que
perturban mi ya de por sí frágil sueño. Unas veces surge de la nada, con su
sotana y su alzacuellos, en forma de sacerdote cansino que encarna la eternidad
en sus sermones; y, en otras ocasiones, aparece, como Platón en La escuela de Atenas de Sanzio, con una
poblada barba, señalando con el dedo al cielo y diciendo “he salido de la
caverna y por eso combato la corrupción”.
Lo
cierto es que la postura de Ciudadanos es aburrida, sí. Pero lo más preocupante
es que un partido con un mensaje simple y pueril haya sido respaldado por tan considerable
número de españoles; que un partido con un mensaje más vacuo que el pensamiento
de Leire Pajín haya triunfado en lo que otrora fue un gran imperio. Cómo
estarán los otros partidos, hemos de preguntarnos. Y la más acertada respuesta
será la que señale los casos de corrupción diarios, las mentiras recurrentes y las
sempiternas sandeces.
El
partido de Albert Rivera debe posicionarse. Porque jugar con la indefinición y
la ambigüedad, al tiempo que te eriges en adalid de la pureza política, es muy
fácil. Es hora de que Ciudadanos nos diga qué va a hacer con el aborto – el símbolo
de la barbarie legalizada – con el llamado matrimonio homosexual y con un
Estado hipertrofiado que ha hecho del despilfarro su conducta más común. Es
hora, en definitiva, de que Ciudadanos comience a dedicarse a la política y
deje de dar lecciones de castidad desde su atril de inexperiencia.
Virginia Drake Escribano, colaboradora del XL Semanal, ha trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Autora de las biografías Esperanza Aguirre, la presidenta; Kiko Argüello, el Camino Neocatecumenal; y Revilla, políticamente incorrecto, charla con Mi Torre de Marfil sobre la situación actual del periodismo y la relación entre política y prensa.
Virginia Drake es licenciada en Periodismo por la Universidad CEU San Pablo
P. Usted ha entrevistado, entre otros, a Pérez-Reverte, Rajoy y Aznar, ¿cuál es la entrevista de las que ha hecho con la que más ha disfrutado?
R. Pues mira, de todos esos, ninguno. (Risas). Disfruté muchísimo con Chabela Vargas, me dio un pedazo de entrevista. Y disfruté también muchísimo - incluso diría que más aun - con José María Entrecanales, el gran hombre de empresa que, de repente, tuvo un accidente y quedó en silla de ruedas. Hicimos un repaso a todos los valores que mueven el mundo empresarial. Me pareció una entrevista deliciosa.
P. ¿Entrevistar es un arte?
R. No… No le doy tanta importancia. Es más bien un oficio, aunque un oficio maravilloso.
P. Y el periodismo, ¿una profesión o un oficio?
R. Es una profesión muy seria y así debería continuar siéndolo. También te diría que es vocacional; el periodista necesita curiosidad, estar muy informado y, sobre todo, dedicarle mucho tiempo de su vida a la profesión.
P. ¿Ha sabido adaptarse el periodismo a las nuevas tecnologías, al cambio?
R. Totalmente. Las nuevas tecnologías parecen hechas para el periodismo. La inmediatez, Internet, el mundo digital… Tanto en periodismo escrito como, por ejemplo, en fotografía. Con un móvil ya grabas en digital, existen programas que incluso transcriben y traducen lo que dices, etc. Es fascinante, las nuevas tecnologías están hechas para el mundo de la comunicación.
P. ¿También para la prensa escrita?
R. La prensa escrita, la de papel, sufre las nuevas tecnologías, mientras que la radio y la televisión las disfrutan. Cuanto más avanza el mundo digital, la prensa escrita más padece. Eso es ciertamente muy triste. Como hay poco dinero para investigar, poco dinero para tener plantillas amplias y poco dinero para tener corresponsales, los periódicos están abocados a transformarse y a reinventarse. En EEUU, por ejemplo, y en otros países lo que vemos son periódicos con pocas páginas de lunes a viernes y unos grandes dominicales llenos de suplementos. Quizá sea ese el camino que deba seguir la prensa española.
P. Ha hablado del periodismo de investigación… ¿Atraviesa este una etapa de crisis? ¡A veces parece que todo son filtraciones!
R. Debemos luchar para que el periodismo de investigación no desaparezca y para que haya gente estupenda con ganas, medios y tiempo de dedicarse a él. No es un deseo, sino una necesidad. Y es verdad que en época de crisis casi todo son filtraciones, precisamente por eso. Porque hay poca gente dedicada a sacar grandes exclusivas a base de pasarse mucho tiempo investigando o siguiendo una noticia.
P. El PP se ha quejado mucho durante esta legislatura del mal trato que los medios de comunicación le han dispensado, ¿son fundadas estas protestas?
R. Todos los partidos se quejan del trato que les dan los medios comunicación. Lo que a los políticos les gustaría es tenerlos más amaestrados. Creo que, desgraciadamente, hay demasiados periodistas dóciles, por eso no pienso que los políticos tengan demasiados motivos para quejarse. Pero bueno, también los periodistas protestan mucho sobre la política de comunicación de los partidos. Esto es una constante, los medios nos quejamos de las políticas de comunicación de todos y ellos se quejan de la libertad de expresión.
P. ¿Los periodistas dóciles son dañinos para la profesión?
R. Vamos a ver, un periodista debe tratar de ser objetivo y no debería tener carné de ningún partido. Todos profesamos una ideología, pero el objetivo, cuando hacemos información, es tender a la imparcialidad. Sin embargo, la precariedad provocada por la crisis ha hecho que muchos hayan necesitado apoyar más a un determinado partido político. Yo no puedo criticar a quien intenta dar de comer a su familia, pero objetivamente no me parece estupendo.
Virginia Drake es la entrevistadora de cabecera del XL Semanal
P. ¿Qué papel han desempeñado los medios de comunicación en el surgimiento de Podemos y Ciudadanos, los dos grandes partidos emergentes?
R. Yo no mato al mensajero, como haces tú. (Risas). Creo que esos partidos políticos han sido muy hábiles utilizando los medios de comunicación para darse a conocer. Que Pablo Iglesias haya estado en La Sexta recurrentemente es una estrategia suya, dirigida a un fin concreto. Sin embargo, no estoy segura de que La Sexta estuviera apoyando a este personaje para impulsar a su partido. Tampoco me parece mal que los medios se nutran de la política y la política se nutra de los medios.
P. ¿Cómo se pueden combatir el periodismo ciudadano y el intrusismo?
R. Hay determinados puestos que exigen una licenciatura en Periodismo, así como una cierta formación. Es éste el caso de los directores de periódico, por ejemplo. Ahora bien, a un economista que sabe hablar o escribir de economía no puede considerársele un intruso. Hay gente que, sin haber estudiado la carrera de Periodismo, tiene más nivel que otros que sí la han estudiado. La carrera universitaria aporta mucha formación, pero hay másters en comunicación que también preparan muy bien.
Vivimos
hogaño la agonía de la naturaleza, de los vínculos humanos más naturales. Y no
es ésta una agonía casual debida a algo tan abstracto como la prosperidad
económica. Es más bien fruto de una ideología política totalitaria,
extremadamente beligerante con la naturaleza y marcadamente anti-social; es más
bien fruto de la destructiva ideología de género.
Los
teóricos de la ideología de género, que se han servido de la práctica totalidad
de los medios de comunicación para extender sus postulados, rechazan que la
diferencia entre sexos se deba a algo más que a una convención social, niegan
que las diferencias entre hombres y mujeres sean naturales. De este modo, los
prohombres de este resentido movimiento han centrado su objetivo en las
instituciones que se basan en la idea de diferencia sexual. Es decir, en el
matrimonio y la familia. Y es que éstas han sufrido en los últimos años leyes
que las han reducido a poco más que la nada.
La
ideología de género ha alargado su hiperactivo dedo acusador sobre la figura
del hombre, sobre lo que llaman “cultura patriarcal”, fíjense ustedes qué
cultura tan exiguamente atractiva. Así, una vez destruidos el matrimonio y la
familia natural, los cachondos ideólogos los culpan de la tan extendida hoy día
“violencia de género”, cuando ésta no es sino consecuencia del
desmantelamiento, de la inmisericorde destrucción, de ambas naturales
instituciones.
Ciertamente,
debemos reaccionar. La ideología de género está provocando una revolución antropológica
que llega a considerar equiparable la heterosexualidad con la homosexualidad,
la bisexualidad o la zoofilia, una revolución antropológica que difícilmente
admite vuelta atrás. Todo es sexualidad, al fin y al cabo. Y es ésta una
revolución sexual y antropológica que, además de atentar contra la naturaleza,
está fundada en el odio y el resentimiento, en una nueva fórmula de la ya
superada lucha de clases.
Como
consecuencia de la opresora figura del varón y de esa prisión que la familia
constituye, la ideología de género preconiza la eliminación de las diferencias
biológicas, encarnadas en la maternidad, entre hombres y mujeres en aras de
alcanzar la liberación de estas últimas. Todo ello dirigido a que la
diferenciación entre hombres y mujeres se torne en un batiburrillo de géneros,
orientaciones sexuales, de aspecto tentador y suculento como tartas y pasteles
expuestos en el escaparate de una elegante pastelería.
Inspirada
en la exaltación de la voluntad de poder nietzscheana, la ideología de género
ha consolidado un mundo que desdeña la naturaleza, un mundo que desprecia la
realidad y la supedita – incluso confunde – al “yo quiero”. Así, corremos el
riesgo de construir un modelo de vida - si es que no lo hemos construido ya - que
tome el hedonismo como camino de felicidad, que convierta al ser humano en un
animal cuyo más hondo objetivo sea la satisfacción de sus apetitos sexuales,
que haga del ser humano simple carne de consultorio psiquiátrico.
No se equivoquen, la ideología de género no
busca liberar a las mujeres; busca someterlas al yugo de los instintos,
desechar la naturaleza y crear una nueva moral caracterizada por la ausencia de
moral, por el relativismo. Busca, en definitiva, anular toda filosofía basada
en una concepción eterna e inmutable de la felicidad, toda filosofía basada en el amor.
Dijo
Pablo Iglesias en cierta ocasión : “Un comunista perdedor es un
mal comunista. Para follar hay que desnudarse, pero para ligar hay
que vestirse. La izquierda debe aprender a vestir los ropajes de la
victoria”. Y eso es lo que están haciendo los miembros de su
partido, Podemos: cortejarnos, engalanados a base de ropa de Alcampo,
mientras construyen la autopista hacia un averno del que a todos
quieren hacernos sufridores partícipes. Ese averno de miseria y de
chivatos; ese infierno de determinismo, tiranía y desesperanza que
todas las manifestaciones del comunismo han representado.
Y
es que el cortejo, la seducción, es, en la particular cruzada
comunista, un arte. Todo lo disfrazan sus prohombres de “paz y
pan”. Ningún comunista ha llegado al poder gritando “queremos
comunismo”, sino clamando por algo parecido a la justicia social,
prometiendo un edén terreno en situaciones de luctuosa miseria y
penuria, asegurando que la libertad y la igualdad, con él,
triunfará.
El
mensaje de Podemos ha cambiado radicalmente desde que su posibilidad
de tocar poder se tornó evidente. Lo que antes era una cutre
pachanga fachosa es ahora una digna bandera que debe presidir los
mítines. Lo que antes era la organización que mejor comprendió qué
requería la España de los ochenta (ETA) es ahora una banda de
asesinos que debe pagar sus culpas. Lo que antes era el paraíso de
la democracia, la libertad y la igualdad (Venezuela) es hoy un país
democrático que ha cometido ciertos errores. Lo que hace unos meses
era marxismo-leninismo es en el presente una especie socialdemocracia
transversal.
Al
final, Pablo Iglesias, como en verdad todo político, lo que más
profundamente anhela es el poder. Ni libertad e igualdad para los
hombres, ni paraísos terrenales, ni justicia social. Sin embargo,
las consecuencias de su estancia en el poder serían, tal y como la
Historia nos enseña, particularmente catastróficas; su desnudo
supondría una miseria tanto material como moral incluso mayor que la
que PP y PSOE nos han brindado.
Ahora
bien, esto no quiere decir que los llamados partidos tradicionales
hayan de ser la alternativa. Es más bien hora de que los españoles
afirmemos que podemos construir una sociedad de verdad, una sociedad
que no renuncie ni a su tradición ni a sus raíces. Es hora de
gritar, como dijo Fernando Paz, que no queremos ni a los de Podemos
ni a los de “pillemos”, que no vamos a apoyar ni a unos
comunistas con ansias de poder ni a unos partidos políticos que han
hecho de la corrupción y la maldad su signo distintivo.